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Cómo monté un estudio de grabación con libros

Una de las preguntas que más me han hecho desde que empecé a publicar Un Cinco Pelao es dónde se grabó.

La respuesta corta es: en mi casa.

La respuesta larga es bastante más divertida.

Cuando uno piensa en grabar una ficción sonora suele imaginar un estudio profesional. Cristales dobles. Mesas de mezcla llenas de botones. Luces de colores. Algún técnico con cara de saber exactamente lo que está haciendo. Quizá incluso una cafetera industrial, que parece un elemento imprescindible en cualquier instalación audiovisual seria.

Yo tenía una biblioteca. Y muchos libros.

La cuestión es que, mucho antes de grabar la serie, ya había dedicado bastante tiempo a leer sobre acústica, acondicionamiento sonoro y grabación de voz. No porque fuera un experto, sino precisamente porque no lo era. Y cuando uno no sabe hacer algo suele tener dos opciones: gastar dinero o ponerse a estudiar.

Como soy documentalista de formación y pobre por obligación, opté por estudiar.

Entre las muchas cosas que fui aprendiendo apareció una idea que al principio me pareció extraña: los libros son excelentes aliados acústicos. Por un lado, absorben parte del sonido y, por otro, actúan como difusores. No porque tengan ningún poder mágico, sino porque sus tamaños irregulares rompen las reflexiones del sonido y ayudan a evitar determinados problemas acústicos.

Y entonces miré la habitación donde trabajo.

Había una estantería llena de libros que llegaba prácticamente hasta el techo y, además, formaba una esquina en L. Delante tenía una alfombra gruesa. Añadí un panel acústico en forma de cuña para rematar el conjunto y, como quien no quiere la cosa, había construido una pequeña zona de grabación.

La sorpresa llegó cuando empecé a comparar resultados.

Años atrás había grabado en algunas cabinas de locución profesionales. Espacios completamente acondicionados, revestidos de espuma acústica negra por todas partes, con un aislamiento impecable y una reverberación prácticamente inexistente.

Sobre el papel aquello debería sonar mejor. Sin embargo, descubrí algo que no esperaba.

Muchas de esas cabinas tenían un sonido extraordinariamente limpio, pero también un punto excesivamente muerto. Demasiado controlado. A veces incluso ligeramente encajonado. Los anglosajones utilizan la palabra boxy. Los españoles solemos describirlo diciendo que suena un poco a caja.

Mi rincón de libros no era tan perfecto. Pero sonaba más natural. Había brillo. Había aire. Y seguía sin haber una reverberación apreciable.

Aquello me sorprendió tanto como me alegró. Porque una cosa es intentar ahorrar dinero y otra muy distinta descubrir que la solución barata además funciona.

Ya usé este método en mi primera serie, Lúpulo Cas9, pero para Un Cinco Pelao perfeccioné ligeramente el método cambiando la posición del micrófono —un Rode NT1, lo más parecido a un Neumann U 67 que puede permitirse un productor low cost—. Todos los protagonistas de Un Cinco Pelao pasaron por aquella esquina de la habitación. Algunos llegaban esperando encontrarse algo parecido a un estudio. Lo que encontraban era una biblioteca.

La verdad es que nunca nadie salió decepcionado.

Con el tiempo he llegado a pensar que aquella pequeña instalación improvisada tenía otra ventaja inesperada. Resultaba acogedora.

Puede parecer una tontería, pero un actor cómodo interpreta mejor que un actor incómodo. La típica cabina profesional completamente cerrada, sin ventanas y revestida de espuma hasta el techo siempre me ha resultado un lugar ligeramente opresivo. Funcional, sí. Agradable, no especialmente.

En cambio, la biblioteca parecía una habitación normal donde casualmente se grababan voces. Y eso ayudaba.

No sé si el resultado final es exactamente igual al de un gran estudio profesional. Probablemente no. Tampoco voy a fingir que he reinventado la ingeniería acústica desde una habitación de Murcia, pero reto a cualquiera —tú no, que eres ingeniero de sonido— a una prueba a ciegas.

Lo que sí sé es que cuando escuché las primeras escenas completas tuve la sensación de que aquello funcionaba.

Y en una producción independiente, donde cada euro cuenta y cada problema resuelto evita crear otros tres nuevos, esa sensación vale muchísimo.

Además, reconozcámoslo: siempre queda mejor decir que has construido un estudio de grabación con libros que admitir que todo empezó porque no me apetecía, ni podía, gastarme una fortuna en acondicionamiento acústico.

¿Aún no has escuchado Un Cinco Pelao?

Cinco estudiantes. Un piso compartido. Cero sentido común.

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