Al terminar de diseñar los personajes de Un Cinco Pelao me encontré con un problema nuevo. Ya no necesitaba personajes. Necesitaba voces.
Y para eso hacía falta algo que nunca había hecho de verdad: un casting.
En mis trabajos anteriores había funcionado de otra manera. Llamaba a personas concretas, les proponía un personaje y, si mostraban interés, hacíamos una prueba. En esta ocasión la cosa era diferente. Había varios papeles importantes por cubrir, necesitaba escuchar opciones y, sobre todo, necesitaba tomar decisiones con cierta seguridad.
Con el tiempo he llegado a una conclusión un poco incómoda: el casting no sirve tanto para elegir actores como para evitar problemas futuros.
Suena poco romántico, pero es así.
Cuando asignas un papel a alguien no solo estás eligiendo una voz. Estás adquiriendo un compromiso. Especialmente cuando trabajas con personas que conoces o que forman parte de tu entorno. Una vez has dicho que sí, resulta muy difícil dar marcha atrás. Y tampoco creo que sea una forma especialmente elegante de tratar a la gente.
Por eso el casting tenía que estar bien planteado.
Otra de las cosas que aprendí es que las escenas espectaculares son engañosas. Cuando uno prepara una prueba tiende a elegir momentos intensos: gritos, enfados, miedo, tensión dramática. Son escenas muy vistosas y permiten apreciar rápidamente determinados registros interpretativos. El problema es que la mayor parte de una serie no sucede ahí.
La mayor parte del tiempo los personajes hablan. Hablan mucho. Discuten por tonterías, bromean, se contradicen, preguntan dónde están las llaves o si hay huevos. Por eso terminé convencido de que cualquier casting debe incluir también escenas corrientes. Porque a veces lo más difícil para un actor no es interpretar una situación extraordinaria, sino conseguir que una conversación aparentemente normal suene completamente natural.
También aprendí otra cosa: hay que poner plazos.
Parece una lección demasiado obvia para merecer aparecer en una intrahistoria, pero me temo que no lo es. Como yo no tenía una fecha de entrega impuesta por ninguna productora, cometí el error de pensar que podía permitirme cierta flexibilidad. Lo que ocurrió fue exactamente lo contrario. Algunas pruebas llegaron tarde, otras estuvieron a punto de no llegar nunca y varias personas excesivamente optimistas asumieron que ya lo harían cuando encontraran un rato. Desde entonces tengo bastante claro que los plazos no existen para presionar a la gente. Existen para que las cosas sucedan.
Afortunadamente también hubo descubrimientos.
El más rápido de todos fue Fran Abellán.
Cuando contacté con él todavía no tenía completamente decidido qué personaje interpretaría. Podía encajar en más de uno. Sin embargo, bastaron unos minutos de conversación y una primera lectura para que todas las dudas desaparecieran. Hay ocasiones en las que uno analiza, compara y da vueltas durante días a una decisión. Y luego están esos momentos raros en los que una persona dice una frase y sabes que la búsqueda ha terminado.
Con Fran ocurrió exactamente eso.
Otros casos fueron muy diferentes.
Salustriana, por ejemplo, la profesora sorda, me obligó a comprender algo que hasta entonces no había pensado demasiado. Yo creía que estaba buscando intérpretes. En realidad muchas veces estaba buscando voces.
Puri, la persona que terminó interpretándola, nunca había actuado. Sin embargo, tenía una voz extraordinariamente peculiar, marcada por años de tabaco, con una textura rugosa que me parecía perfecta para el personaje. No necesitaba una gran construcción psicológica ni un monólogo shakespeariano. Necesitaba exactamente esa voz.
Y luego apareció el casero.
El casero iba a ser un personaje pequeño. Muy pequeño. Prácticamente funcional. Entraba, decía lo que tenía que decir y desaparecía. En mi cabeza tenía una referencia muy concreta: debía sonar miserable, con esa mezcla de nasalidad y voz aflautada del exministro Montoro.
Entonces escuché la prueba de Jachúa Cruces.
Jachúa tampoco es actor profesional. Es músico, agitador cultural y una de esas personas que poseen una voz imposible de confundir. Durante las pruebas encontramos una forma concreta de decir los textos exagerando ligeramente ciertos rasgos naturales de su voz. En cuanto escuché el resultado tuve una sensación muy poco técnica y muy poco profesional.
Pensé: aquí hay algo.
Y cuando un personaje te provoca esa sensación, empiezan a ocurrir cosas peligrosas. Empiezas a escribirle más escenas. Empiezas a buscar excusas para que vuelva a aparecer. Empiezas a regalarle líneas de diálogo.
Y cuando te quieres dar cuenta, el personaje secundario que iba a ocupar unos pocos minutos se ha convertido en uno de los hallazgos de la serie.
Creo que esa fue la principal lección de aquel casting.
Yo pensaba que estaba buscando actores. Y muchas veces terminé encontrando personajes.
¿Aún no has escuchado Un Cinco Pelao?
Cinco estudiantes. Un piso compartido. Cero sentido común.
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