Elenco de Un Cinco Pelao

Cinco voces y un problema inesperado

Mucho antes de escribir una sola línea de Un Cinco Pelao ya sabía que tenía un problema. Lo curioso es que todavía no sabía que iba a escribir Un Cinco Pelao.

La culpa la tuvo una ficción sonora que escuché años antes. No recuerdo el título exacto, pero estaba ambientada en las expediciones españolas de los siglos XV y XVI por la ruta de las especias. Era una producción muy digna, bien realizada y con una documentación histórica impecable. El problema era otro. Como es fácil imaginar, prácticamente todos los personajes eran hombres. Y no solo hombres. Hombres de edades parecidas. Militares, marinos, exploradores, soldados y aventureros varios.

Al principio todo iba bien. Al cabo de unos capítulos empecé a perderme. Y después de un tiempo ya no tenía claro quién estaba hablando en cada momento. No era culpa de los actores. Tampoco del director. Era simplemente una consecuencia lógica del material con el que estaban trabajando. Cuando tienes muchas voces parecidas compartiendo escena, el oyente acaba necesitando un Excel para seguir la trama.

Yo no llegué a terminar aquella serie. La abandoné. Y cuando la abandoné me hice una promesa: si algún día hacía una ficción sonora, procuraría no meterme en ese charco.

Años después, durante aquella entrevista a Juan Álvarez de la que hablé en la primera intrahistoria, empezó a aparecer la semilla de lo que terminaría convirtiéndose en Un Cinco Pelao. Mientras hablábamos de cómo habrían cambiado los personajes de Los Mendrugos si hubieran nacido treinta años después, yo ya estaba pensando en otra cosa.

En si sería viable en 2025, por supuesto, pero de inmediato salté a otra cuestión: las voces.

Porque en una serie de televisión puedes permitirte personajes relativamente parecidos. El espectador tiene una ayuda formidable: los ve. En audio no. En audio el oyente está conduciendo, paseando al perro, cocinando o fingiendo que trabaja mientras escucha un podcast. Si dos personajes se parecen demasiado, llega un momento en que la historia se detiene y el cerebro formula una pregunta terrible:

—Un momento. ¿Quién demonios está hablando ahora?

Y en cuanto el oyente empieza a hacerse esa pregunta, has perdido media batalla.

Por eso una de las primeras decisiones que tomé fue que la pandilla debía ser diversa. Curiosamente, esa idea conectaba bastante bien con lo que había comentado Juan durante la entrevista. Si aquellos personajes iban a existir en 2025, lo lógico era que reflejaran una realidad universitaria distinta a la de los años noventa. No porque estuviera escribiendo un manifiesto político ni porque quisiera dar lecciones a nadie, sino porque basta con darse una vuelta por cualquier campus universitario para comprobar que la universidad actual es bastante más diversa que la de hace treinta años.

Y además me resolvía un problema técnico.

Martina apareció prácticamente desde el primer momento. Tenía claro que la pandilla debía incluir una chica como un miembro más del grupo, con pleno derecho a participar en las mismas tonterías que los demás. Lo que sí me parecía demasiado forzado era que desde el primer capítulo conviviera en el piso con otros cuatro chicos. Ya me estaba llevando a un chico gay, un estudiante marroquí y dos compañeros más. Había un límite razonable a la cantidad de cambios que podía introducir de golpe sin que aquello pareciera una reunión de casting organizada por Naciones Unidas. Por eso terminé convirtiendo su incorporación al piso en parte de su propio arco narrativo.

Después llegó Nico. Si iba a existir un informático, ¿por qué tenía que parecerse al estereotipo habitual? Me divertía mucho más convertirlo en un personaje gay con una personalidad muy marcada y una forma de expresarse reconocible desde la primera frase. Ganaba un personaje más interesante y, de paso, una voz imposible de confundir.

Con Yusuf ocurrió algo parecido. Quería que hubiera un personaje marroquí porque forma parte de la realidad cotidiana de cualquier universidad española actual. Además, sobre el papel parecía una solución estupenda para diferenciar voces. Otra cultura, otra forma de hablar, otras referencias. Perfecto.

O eso creía yo.

Porque la teoría era impecable. El problema llegó cuando encontré al actor.

Yunes Demnati es de origen marroquí. Físicamente encajaba perfectamente en la idea que yo tenía para Yusuf. Sin embargo, existía un pequeño inconveniente: llegó tan joven a Murcia que habla exactamente igual que cualquier murciano. Bueno, quizá mejor que muchos murcianos.

De pronto descubrí que mi brillante estrategia para diferenciar voces empezaba a resquebrajarse.

Recuerdo comentarle que necesitaba que se percibiera, aunque fuera de forma sutil, ese origen cultural. Su respuesta fue todavía más interesante. Me explicó que hacer acento marroquí le costaba muchísimo precisamente porque no era su forma natural de hablar. Tenía que construirlo conscientemente, palabra a palabra, sílaba a sílaba.

Al final encontramos un punto intermedio. No se trataba de exagerar un acento ni de convertir al personaje en una caricatura. Bastaba con pequeñas inflexiones, determinadas pronunciaciones y, sobre todo, con la personalidad del personaje. Los proverbios hicieron el resto. A esas alturas Yusuf ya se había convertido en ese tipo de persona capaz de responder a cualquier situación de la vida con una frase sapiencial que nadie había solicitado.

Fue una buena lección.

A veces uno diseña personajes sobre el papel y luego aparece la realidad para recordarte que las personas de verdad son bastante más complejas que los esquemas que uno se monta en la cabeza.

Los más complicados fueron precisamente Tolo y Rober. Durante algún momento llegué a plantearme si ambos personajes debían fusionarse. Cada personaje adicional implica más diálogos, más escenas y una voz más que el oyente tiene que identificar. Sin embargo, cuanto más trabajaba con ellos, más evidente resultaba que cumplían funciones distintas dentro del grupo. Tolo aportaba una energía que Rober no tenía. Rober aportaba otras cosas que Tolo jamás podría ofrecer. Fusionarlos simplificaba el reparto, sí, pero empobrecía la historia.

Así que me resigné a convivir con una quinta voz.

Y entonces apareció otro problema.

Ya no necesitaba personajes.

Necesitaba voces.

Pero esa ya es otra intrahistoria.

¿Aún no has escuchado Un Cinco Pelao?

Cinco estudiantes. Un piso compartido. Cero sentido común.

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