Las ideas tienen una curiosa costumbre: rara vez aparecen cuando uno las está buscando. Lo normal es que surjan cuando estás ocupado haciendo otra cosa y no tienes el menor interés en complicarte la vida con un proyecto nuevo —¿os he contado que yo inventé/imaginé algo así como el “virtual DJ” o hilo musical para clubs mientras “no” estudiaba un examen de bases de datos?—.
Un Cinco Pelao nació exactamente así.
El 23 de mayo de 2025 entrevisté al viñetista Juan Álvarez para mi podcast de entrevistas, El Disfraz de Polifemo. La intención era hablar de su trayectoria, de sus trabajos y, por supuesto, de Los Mendrugos, aquella serie de historietas universitarias que durante años publicó en El Jueves, y antes en la revista Campus de la Universidad de Murcia como MM, el Loco del Claustro, y que muchos antiguos estudiantes recuerdan todavía con una mezcla de nostalgia y trauma académico.
En un momento de la conversación salió un tema interesante. Juan comentaba que habían pasado muchos años y que algunas cosas habían cambiado. No recuerdo sus palabras exactas, pero venía a decir que aquellos personajes ya no se comportarían exactamente igual hoy. Algunas situaciones se escribirían de otra manera. Algunos chistes se enfocarían de otra forma. Y la sociedad actual es bastante distinta de la que existía cuando empezaron a publicarse aquellas viñetas.
No había arrepentimiento ni nostalgia, solo una constatación bastante obvia: el mundo cambia y nosotros cambiamos con él.
La entrevista continuó, pero yo ya estaba distraído.
Es una mala costumbre profesional. Cuando una idea me hace tilín, una parte del cerebro se independiza y empieza a trabajar por libre. Mientras la conversación seguía avanzando, yo ya estaba haciéndome otra pregunta.
¿Cómo serían Los Mendrugos en 2025?
No una reedición nostálgica. No una recreación de los noventa con móviles modernos. ¿Cómo serían de verdad?
Porque si algo tenía claro era que no podían ser cuatro estudiantes heterosexuales, caucásicos y prácticamente intercambiables entre sí. No porque estuviera escribiendo un manifiesto político, sino porque basta con darse una vuelta por cualquier campus universitario para comprobar que la realidad actual es bastante más diversa que la de hace treinta años.
Y además había otra cuestión que entonces ya sabía que acabaría siendo importante: en una ficción sonora las voces importan mucho.
Pero eso pertenece a otra intrahistoria.
La cuestión es que, terminada la entrevista, seguí dándole vueltas al asunto. Los estudiantes siguen buscando piso. Siguen intentando aprobar sin estudiar todo lo que deberían. Siguen enamorándose de quien no toca. Siguen metiéndose en problemas absurdos. Siguen convencidos de que esta vez sí tienen un plan para su vida.
Lo que cambia son las herramientas.
Ahora tenemos la inteligencia artificial, los relojes inteligentes, los grupos de WhatsApp, los fondos buitre y las redes sociales. Y existe la capacidad infinita del ser humano para utilizar cualquier avance tecnológico con fines que sus creadores jamás imaginaron, y no necesariamente con mejor resultado del previsto.
La idea se quedó reposando varias semanas. Yo seguía ocupado con otros proyectos y no tenía ninguna intención de empezar una serie nueva. Al menos eso me decía a mí mismo con el calor del verano de 2025 amenazando tras la puerta.
Hasta que empecé a imaginar un examen. Solo un examen. Un estudiante intentando copiarse utilizando inteligencia artificial. Después apareció una escena. Luego otra. Y otra más. Lo que empezó siendo una ocurrencia aislada comenzó a parecerse peligrosamente a una historia.
Lo curioso es que nunca decidí conscientemente hacer Un Cinco Pelao. Lo que ocurrió fue algo mucho más peligroso. Empecé a resolver problemas. ¿Cómo se copiaría un estudiante hoy? ¿Qué cosas seguirían siendo iguales? ¿Qué cambiaría? ¿Qué personajes podrían habitar ese mundo?
Cuando me quise dar cuenta ya no estaba pensando en una idea.
Estaba escribiendo una serie.
Y todo por culpa de una entrevista que, técnicamente, iba sobre otra cosa.
¿Aún no has escuchado Un Cinco Pelao?
Cinco estudiantes. Un piso compartido. Cero sentido común.
Escucha la serie completaDescubre más desde Juan Carlos García Gómez
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
