Durante bastante tiempo esta serie, Un Cinco Pelao, se llamó Los Mendrugos. No en mi cabeza, ni como homenaje, ni como nombre provisional. Se llamaba Los Mendrugos. Punto.
Era lo lógico. La idea había surgido a partir de una conversación con Juan Álvarez sobre aquellos personajes universitarios que habían pasado por la revista Campus y por El Jueves. En cierto modo, Un Cinco Pelao era una reinterpretación libre de aquel universo. Los personajes eran distintos, las historias eran nuevas y el contexto había cambiado, pero el ADN seguía estando ahí.
Por eso nunca me planteé seriamente otro nombre. Hasta que apareció Jessica.
Jessica Cerón fue la primera actriz a la que contacté para la serie. También fue la primera a la que grabé. Había trabajado antes con ella y tenía clarísimo que quería que interpretara a Martina. Lo que no sabía era que también iba a convertirse en la responsable involuntaria de uno de los cambios más importantes de todo el proyecto.
Recuerdo que ya habíamos grabado bastante material cuando surgió la conversación. En realidad fui yo quien sacó el tema. Llevaba tiempo dándole vueltas a una duda que todavía no terminaba de concretar. ¿Seguía funcionando el nombre? ¿Sonaba actual? ¿Entendería ese título alguien que no hubiera leído jamás una viñeta de Juan Álvarez?
Le planteé la cuestión a Jessica y su respuesta fue inmediata. No lo veía. No recuerdo sus palabras exactas, pero la idea era clara. Le sonaba viejo. No antiguo en el buen sentido. No clásico. Viejuno.
Y lo peor es que, en cuanto lo dijo, comprendí que tenía razón.
Porque una cosa es que la serie naciera inspirada por Los Mendrugos y otra muy distinta que tuviera que quedarse atrapada en esa referencia. Yo llevaba meses actualizando personajes, conflictos y lenguaje para traer aquel espíritu al año 2025. Sin embargo, el título seguía anclado varias décadas atrás.
Aquella conversación se quedó incordiando por mi cabeza durante un tiempo. Poco, en realidad, porque creo que ya os he contado que me muevo a base de impulsos. Y este no era de los pequeños.
Mientras seguíamos grabando, empecé a recopilar posibles nombres. El problema de cambiar un título es que el nuevo tiene que ser mejor que el anterior. No basta con que sea diferente. Tiene que aportar algo. Tiene que justificar el cambio. Y ninguno de los candidatos terminaba de convencerme.
Así que recurrí a un procedimiento científico de contrastada eficacia: preguntarle a mis amistades.
Preparé una pequeña lista de posibles títulos y la envié a varias personas, añadiendo la posibilidad de aportar sugerencias. La mayoría de las propuestas fueron razonables. Algunas eran incluso buenas. Y entonces apareció la respuesta de Zaida Sánchez.
Su propuesta era simplemente: Cinco Pelao. Sin artículos. Sin adornos. Sin explicaciones.
Y fue el único nombre que me hizo tilín de inmediato. Porque hacía algo que los demás no conseguían. Contaba muchas cosas con muy pocas palabras. Había universidad. Había exámenes. Había estudiantes sobreviviendo académicamente por los pelos. Había cierta sensación de precariedad vital.
Y, sobre todo, estaba esa idea tan presente en toda la serie de personajes que consiguen salir de los problemas, sí, pero rara vez de forma brillante. Nuestros protagonistas suelen aprobar, ligar, escapar o resolver el desastre de turno exactamente igual que consiguen ese cinco pelado del título: sufriendo más de lo necesario y sin que nadie vaya a darles una matrícula de honor por ello.
A partir de ahí la decisión fue bastante rápida. O al menos tan rápida como puede ser una decisión de ese tipo cuando llevas meses llamando de una determinada manera a un proyecto.
Porque hay una cosa curiosa que descubrí durante el proceso. Aunque la serie pasó a llamarse Un Cinco Pelao, una parte importante de ella siguió llamándose Los Mendrugos.
El proyecto de Reaper se llama Los Mendrugos. Las carpetas del ordenador se llaman Los Mendrugos. El guion impreso que utilicé durante la grabación pone Los Mendrugos en la portada.
Y ahí sigue.
En parte por sentimentalismo. Después de todo, aquel fue el nombre con el que nació la idea. Pero también por una razón mucho menos poética. Cualquiera que haya trabajado con proyectos grandes en un ordenador sabe que cambiar determinados nombres de carpetas o ficheros cuando ya hay decenas o cientos de archivos relacionados puede convertirse en una actividad de alto riesgo.
Hay pocas cosas más emocionantes —que no divertidas— que descubrir que media producción ha dejado de encontrar los archivos que necesita porque un día decidiste reorganizar las carpetas y sus nombres.
Así que opté por una solución de compromiso. De puertas para afuera la serie pasó a llamarse Un Cinco Pelao. De puertas para adentro siguió siendo Los Mendrugos.
Y, si soy sincero, me resulta gratificante cuando abro una carpeta del proyecto y me encuentro con aquel nombre original. Como esas fotografías antiguas que aparecen de vez en cuando al abrir un cajón y te recuerdan de dónde viene realmente una historia.
Sin embargo, todavía había un pequeño problema con el título de la serie.
Resulta que pelao no significa lo mismo en todas partes. En buena parte de Latinoamérica la palabra se utiliza como sinónimo de chaval o muchacho joven. Y aunque la asociación tampoco era disparatada, no era exactamente la idea que yo quería transmitir.
Por eso apareció un pequeño añadido. El artículo.
Un Cinco Pelao.
Con ese simple «un», el foco volvía a colocarse donde debía: en el aprobado raspado, en la victoria mínima, en la supervivencia académica y cotidiana.
Durante un tiempo pensé que el asunto estaba resuelto. Hasta que llegó la promoción. Y descubrí que existía un enemigo con el que no había contado.
Mi acento murciano.
Quienes me conocen saben que cuando hablo en público intento suavizarlo un poco. No porque me avergüence de él, sino porque después de muchos años delante de micrófonos uno desarrolla ciertos mecanismos de deferencia lingüística con el interlocutor. Aun así, parece que no fue suficiente.
Durante una entrevista radiofónica pronuncié cuidadosamente el título de la serie, marcando claramente ese “ao” final. O al menos eso creía yo. Sin embargo, cuando la noticia apareció publicada en la web del medio, descubrí que alguien había decidido corregirme amablemente.
La serie ya no se llamaba Un Cinco Pelao. Se llamaba Un Cinco Pelado.
Supongo que el periodista pensó que simplemente me había comido una letra, como hacemos los murcianos con admirable frecuencia. Lo cierto es que estuvo a punto de acertar. Porque Un Cinco Pelado fue una posibilidad real durante algún breve tiempo. Pero al final preferí pelao. Tiene algo más popular, más callejero, más cercano a la forma en que la gente habla realmente cuando sale de un examen pensando que quizá ha aprobado de milagro.
Y además, después de todo el esfuerzo que me costó encontrar el nombre, no estaba dispuesto a que una consonante final viniera ahora a cambiarlo.
¿Aún no has escuchado Un Cinco Pelao?
Cinco estudiantes. Un piso compartido. Cero sentido común.
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