Cuando empecé a adaptar el espíritu de Los Mendrugos al año 2026 tenía bastante claro que los protagonistas debían cambiar.
La universidad había cambiado, los estudiantes habían cambiado, la tecnología había cambiado y el mundo, para bien o para mal, tampoco era exactamente el mismo.
Lo que no tenía tan claro era qué hacer con los antagonistas.
Porque una de las cosas que más me gustaban de Los Mendrugos era que los enemigos nunca eran grandes villanos. Eran esas pequeñas fuerzas hostiles que cualquier estudiante reconoce inmediatamente: el casero, la autoridad académica y la Tuna.
Los dos primeros eran fáciles de actualizar. El casero sigue existiendo y me temo que seguirá existiendo mucho después de que desaparezca la especie humana. La autoridad académica también goza de una salud envidiable.
Pero la Tuna planteaba una duda razonable. ¿Seguía existiendo la Tuna? Y, sobre todo, ¿sabían los estudiantes actuales lo que era una Tuna?
Durante unos días llegué a pensar que quizá era demasiado anacrónica incluso para una serie con algo de inspiración nostálgica. Luego caí en la cuenta de que precisamente esa era la gracia. La Tuna ya era anacrónica cuando Juan Álvarez la utilizaba en Los Mendrugos. Su capacidad para irritar a generaciones sucesivas de estudiantes formaba parte de su esencia.
Si algo funciona durante treinta años, quizá no sea un problema. Quizá sea una tradición.
Así que la Tuna se quedó. Y no solo se quedó. Acabó convirtiéndose en una presencia recurrente. A veces aparece físicamente. A veces se escucha a lo lejos. A veces se convierte en una amenaza. Y en algún momento incluso termina adquiriendo una dimensión casi sobrenatural.

Porque una de las cosas más divertidas que descubrí durante la escritura es que la Tuna funciona sorprendentemente bien como monstruo. No un monstruo especialmente peligroso. No un monstruo eficiente. Pero sí uno persistente. De esos que aparecen molestando cuando menos los esperas.
Hay incluso un capítulo entero construido alrededor de ella. Y no porque tenga nada personal contra los tunos, que bastante tienen ya con ir vestidos con gregüescos en pleno siglo XXI, sino porque narrativamente era demasiado tentador dejar pasar la oportunidad.
El problema llegó cuando tocó grabarla. Porque una Tuna tiene una característica muy incómoda para una producción independiente.
Necesita músicos. Muchos músicos.
Y yo no tenía una Tuna. Tenía un hermano. Mi hermano Miguel Ángel tocó la bandurria, puso una primera pista de voz y grabó una cantidad razonable de material. Después llegó el momento de hacer lo que hacemos quienes no podemos permitirnos ni localizar ni meter en mi estudio una rondalla completa: multiplicar digitalmente a los seres humanos.
Bandurrias dobladas. Voces dobladas. Más voces. De hecho, todos los actores protagonistas de Un Cinco Pelao grabaron varias pistas de voz. Más bandurrias. Pequeños desplazamientos de pistas. Pequeñas diferencias de sincronización. Paneos. Cortes. Parches. Milagros de postproducción.
Y, de pronto, donde había una persona empezaba a parecer que había varias. No muchas. Pero suficientes para perpetrar una serenata con garantías.
Curiosamente, uno de los mayores problemas terminó convirtiéndose en una ventaja. Como olvidé algo tan básico como grabar con una referencia rítmica clara, el tempo tendía a acelerarse ligeramente. Mi hermano, que es bastante más músico que yo, terminó algo frustrado porque el resultado no era tan perfecto como le habría gustado.
Yo intenté consolarlo. Sin demasiado éxito. Porque mientras él escuchaba imperfecciones musicales, yo escuchaba exactamente lo que necesitaba. No quería una Tuna profesional. No quería una grabación impecable. Quería una Tuna. Y son dos cosas distintas.
Además, a medida que avanzaban los guiones fui necesitando versiones diferentes. Una Tuna más pequeña. Otra más numerosa. Otra más inquietante. Incluso una versión que parecía salida directamente de una pesadilla universitaria.
Para una de esas escenas, Yunes Demnati grabó una interpretación en árabe que después pasó por una cantidad poco razonable de manipulación sonora. El resultado se parecía bastante poco a una Tuna convencional y bastante más a algo que uno preferiría no encontrarse de madrugada en una calle mal iluminada.
Y quizá ahí está la clave. La Tuna de Un Cinco Pelao nunca pretendió sonar mal. Pretendía sonar como la recuerdan quienes han tenido que sufrirla. Que es una diferencia importante.
¿Aún no has escuchado Un Cinco Pelao?
Cinco estudiantes. Un piso compartido. Cero sentido común.
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