Hay una expresión que utiliza mucho el inspector Harry Bosch, el personaje de Michael Connelly. Cuando encuentra una pista interesante, dice que tiene que seguir el impulso.
Siempre me ha gustado esa idea. No porque sea especialmente prudente. Más bien al contrario. La prudencia suele aconsejar detenerse, analizar la situación y elaborar un plan razonable. Seguir el impulso consiste normalmente en hacer exactamente lo contrario.
Y sospecho que Un Cinco Pelao existe por culpa de eso. La idea apareció durante la entrevista a Juan Álvarez de la que ya he hablado en una intrahistoria anterior. Aquella conversación terminó, grabé el programa, apagué los micrófonos y seguí con mi vida.
O eso creía. La idea iba y venía. Mientras tanto yo seguía ocupado con otros proyectos, especialmente con la recta final de la tercera temporada de El Disfraz de Polifemo. Así que la mantuve aparcada durante un tiempo.
Hasta que apareció una escena. No un capítulo. No una serie. Una escena. Un examen. Un estudiante intentando copiarse utilizando inteligencia artificial.
Y ahí cometí el error clásico. Intenté resolver el problema. Porque una vez empiezas a resolver problemas narrativos, la historia ya te ha atrapado. ¿Cómo se copiaría un estudiante hoy? ¿Qué tecnología utilizaría? ¿Cómo reaccionaría el profesor? ¿Qué pasaría si algo saliera mal?
Cada respuesta generaba una pregunta nueva. Y cada pregunta generaba otra escena. Cuando me quise dar cuenta ya no estaba pensando en una idea.
Estaba escribiendo una serie.
Recuerdo que cuando llegaron las vacaciones de verano llevaba al menos un capítulo completo escrito, alguna sinopsis y varias notas dispersas. Me fui a la playa sin ellas. Mi intención era descansar. Naturalmente, la historia tenía otros planes.
Durante aquellas dos semanas aparecieron ideas para capítulos enteros escritos a mano, personajes, situaciones, diálogos y apuntes desperdigados por cuadernos, servilletas y cualquier superficie que pareciera mínimamente compatible con un bolígrafo.
Si alguien hubiera encontrado aquellos papeles sin contexto, probablemente habría llegado a la conclusión de que su propietario necesitaba ayuda profesional.
Cuando regresé de vacaciones tenía bastante claro que la serie existía. Y tenía ocho capítulos.
O eso creía. Porque una de las cosas más desagradables que puede hacer un guion es dejarse terminar antes de estar terminado. Sobre el papel había una historia completa. Había conflictos. Había resolución. Había final.
Pero algo no encajaba.
No era un problema lógico. No faltaba información. No había agujeros de guion especialmente graves. Simplemente tenía la sensación de que la historia terminaba demasiado pronto. Como si alguien se levantara de la mesa antes del café.
Intenté ignorarlo durante un tiempo. No funcionó. Así que hice lo que solemos hacer los guionistas cuando algo no funciona: seguir escribiendo.
La idea inicial era sencilla. Añadir una especie de epílogo. Una despedida. Un pequeño cierre para que los personajes tuvieran un último momento juntos antes de bajar el telón.
Porque el problema no era que la historia estuviera incompleta. El problema era que el final no sonaba a Un Cinco Pelao.
Sin entrar en detalles para no estropearle nada a quien todavía no haya escuchado la serie, el octavo capítulo terminaba de una forma que funcionaba. Tenía sentido. Cerraba los conflictos. Incluso tenía cierta lógica dramática.
Pero me dejaba una sensación extraña. Demasiado drama. Demasiado dolor. Demasiado poco mendrugo.
Y eso era un problema.
Porque una de las cosas que siempre tuve claras es que estos personajes podían fracasar. De hecho, fracasan con notable frecuencia. Lo que no quería era que terminaran derrotados.
Hay una diferencia importante.
Los protagonistas de Un Cinco Pelao rara vez hacen las cosas bien. Improvisan. Se equivocan. Toman decisiones discutibles. Sobreviven por los pelos a situaciones que una persona sensata habría evitado desde el principio.
Pero la serie nunca ha ido realmente sobre perder. Ha ido sobre salir adelante. A veces de forma brillante. Casi nunca. A veces de forma digna. Tampoco demasiadas. Pero salir adelante al fin y al cabo.
Por eso empecé a escribir aquella supuesta escena final. Quería que hubiera algo de recapitulación, algo de celebración y, sobre todo, algo de ese caos alegre que había acompañado a los personajes durante toda la serie.
Mi intención era escribir unas pocas páginas. La historia, naturalmente, tenía otros planes.
La escena empezó a crecer. Aparecieron nuevos diálogos. Nuevos conflictos. Nuevas estupideces. Y de pronto descubrí que aquel supuesto epílogo concentraba mucha más esencia de la serie que el final que había escrito originalmente. Había amistad. Había desastre. Había humor. Había una cierta sensación de que el mundo seguía siendo igual de absurdo que al principio.
Y había más acción que emotividad, que probablemente sea la forma más honesta posible de despedirse de estos personajes.
Fue entonces cuando entendí que aquello ya no era una escena. Ni un epílogo. Ni unas páginas extra. Era un capítulo. Y además el final correcto.
Así fue como una serie de ocho capítulos terminó teniendo nueve. O quizá debería decir que terminó teniendo el final que llevaba meses buscando y que, por alguna razón, se había empeñado en esconderse hasta el último momento.
¿Aún no has escuchado Un Cinco Pelao?
Cinco estudiantes. Un piso compartido. Cero sentido común.
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