Viñeta de Juan Álvarez

Cómo adaptar una viñeta al sonido

Durante mucho tiempo pensé que adaptar una viñeta a una ficción sonora sería relativamente sencillo. Después de todo, la historia ya está ahí. Los personajes ya están ahí. Los gags ya funcionan. ¿Qué puede salir mal?

La respuesta correcta es: prácticamente todo.

Porque una viñeta y una ficción sonora hablan idiomas distintos.

Hay chistes que funcionan perfectamente en una página y que se derrumban en cuanto les quitas la imagen. Y también ocurre lo contrario: cosas que en papel apenas ocupan tres dibujos pueden convertirse en una escena completa de varios minutos.

Uno de los primeros problemas de este tipo apareció con una vieja viñeta de Los Mendrugos. La idea era muy sencilla. Un profesor vigilaba obsesivamente un examen convencido de que aquella vez nadie conseguiría copiarse. El hombre era bastante cegato y estaba encantado de sí mismo porque estaba seguro de tener la situación completamente controlada.

El remate llegaba cuando la viñeta abría plano y descubríamos que los estudiantes habían escrito las chuletas con letras gigantescas por todo el suelo del pasillo.

Viñeta de Juan Álvarez

Era un chiste visual. Absolutamente visual. Así que malamente podría usarlo en audio.

Lo primero que pensé fue que necesitaba encontrar una equivalencia. Si el problema original era la vista, la solución debía estar en otro sentido. Ahí apareció la idea de convertir al profesor cegato en una profesora con problemas de audición.

Durante unos días pensé que la solución estaba resuelta. Naturalmente no era así.

Porque cuando empecé a desarrollar la forma concreta en que los estudiantes conseguirían copiarse —detalle que no voy a revelar por respeto a quienes todavía no han escuchado la serie— apareció un problema nuevo. Una sordera parcial no era suficiente para que el plan funcionara. Necesitaba una pérdida auditiva mucho más severa.

Pero tampoco podía convertir a la profesora en completamente sorda sin más. Eso habría generado otros problemas narrativos bastante evidentes. Así que la solución terminó llegando por una vía inesperada: un implante coclear.

De pronto el personaje adquirió una dimensión que jamás había tenido en la viñeta original. Ya no era simplemente una traslación funcional de un profesor cegato. Era una persona concreta con unas circunstancias concretas.

Y todo porque una viñeta se había negado a convertirse dócilmente en una escena sonora.

Aquello me enseñó algo importante. Adaptar no consiste en trasladar literalmente una idea. Consiste en encontrar el mecanismo que produce el mismo efecto.

La segunda vez que me encontré con ese problema fue todavía más extraña. Y la culpa la tuvo Austin Powers.

Austin Powers

En Austin Powers: The Spy Who Shagged Me hay una escena muy conocida en la que varios personajes observan desde el exterior una tienda de campaña iluminada desde dentro. Lo único que ven son siluetas proyectadas sobre la lona. Los movimientos de los personajes generan una secuencia de malentendidos visuales cada vez más disparatados. El espectador interpreta que está ocurriendo una cosa cuando en realidad está ocurriendo otra completamente distinta.

La gracia de la escena no está en lo que sucede. La gracia está en la interpretación errónea.

Y eso me interesaba muchísimo.

Porque en uno de los últimos episodios de Un Cinco Pelao necesitaba exactamente ese efecto. No la escena. No la situación concreta. El efecto. Que unos personajes interpretaran algo completamente distinto de lo que estaba ocurriendo realmente.

La pregunta era cómo hacerlo sin imágenes. La respuesta llegó a través del sonido. O mejor dicho, a través de un sonido defectuoso.

Si en Austin Powers la información llega deformada por una lona iluminada, en una ficción sonora podía llegar deformada por la distancia, por una mala escucha, por una tecnología imperfecta o por una percepción incompleta de los hechos.

No estaba copiando la escena. Estaba copiando el mecanismo mental. Y eso cambió bastante mi forma de entender las adaptaciones.

Hubo una tercera ocasión en la que me encontré exactamente con el mismo problema, aunque esta vez no venía de una viñeta ni de una película.

Venía de algo aparentemente mucho más sencillo. Cinco estudiantes estudiando.

Uno podría pensar que representar eso en una ficción sonora debería ser facilísimo. Al fin y al cabo, llevamos décadas escuchando series de radio, audiolibros y podcasts. ¿Qué dificultad puede tener mostrar a varias personas concentradas sobre unos apuntes?

La dificultad es que estudiar apenas hace ruido.

Visualmente la escena funcionaba muy bien. Bastaba abrir plano y mostrar a los cinco personajes encerrados en una dinámica casi enfermiza de estudio. Pero en sonido aquello se convertía en una colección de ruiditos bastante poco emocionantes.

Una hoja que pasa. Un bolígrafo escribiendo. Otro bolígrafo escribiendo. Más hojas.

Y poco más.

Además, la escena aparecía al principio del capítulo. Es decir, justo cuando necesitaba que el oyente entendiera rápidamente qué estaba pasando.

Durante bastante tiempo intenté resolver el problema mediante diseño sonoro. Luego hice lo que hacemos muchos cuando una solución no termina de funcionar: seguir intentándolo un rato más por pura cabezonería.

Hasta que acepté una posibilidad que llevaba semanas evitando. Necesitaba un narrador.

Lo curioso es que durante toda la serie había procurado prescindir de él. No porque tenga nada en contra de los narradores. Al contrario. Hay ficciones maravillosas construidas alrededor de uno. Simplemente me interesaba que la historia se sostuviera por sí misma mediante diálogos, interpretación y sonido.

Pero aquella escena me obligó a rendirme. Y resultó que la rendición tampoco estaba tan mal.

De pronto podía contar exactamente lo que necesitaba contar. Incluso permitirme alguna pequeña broma. En un momento dado el narrador comenta algo parecido a:

—Como están ustedes viendo…

Y acto seguido rectifica.

—Bueno, ver, está claro que no pueden verlo.

Que, en el fondo, era precisamente el problema que llevaba semanas intentando resolver.

Porque buena parte del trabajo de una ficción sonora consiste exactamente en eso: conseguir que el oyente vea cosas que no puede ver.

Con el tiempo he llegado a la conclusión de que las mejores adaptaciones son las que traicionan el original de la forma correcta. Las que entienden qué estaba haciendo realmente una escena y buscan una forma distinta de conseguir el mismo resultado.

Por eso cuando alguien me pregunta cuánto queda de aquellas viñetas en Un Cinco Pelao nunca sé muy bien qué responder. Quedan personajes. Quedan situaciones. Quedan algunos guiños.

Pero sobre todo queda algo más importante. La necesidad constante de encontrar soluciones nuevas para problemas que, en teoría, ya estaban resueltos.

¿Aún no has escuchado Un Cinco Pelao?

Cinco estudiantes. Un piso compartido. Cero sentido común.

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