Una mudanza es la penitencia final de una historia rota. Podría considerarse también el comienzo de algo nuevo, una aventura, un cambio de vida. Pero no era el caso.
Meter tu vida en cajas de cartón es como remover una conciencia que tenías más o menos bajo control. Tu pasado, tus aficiones, tus pequeños tesoros se amontonan de forma casi aleatoria en pequeños contenedores de 30 × 40 × 33. Cualquier excusa es buena para rendirse a la nostalgia, para viajar a otro tiempo y lugar cuando sacas algo de una estantería.
Cuando vi en mis manos el álbum de fotos de la boda supe que no podría resistir la tentación de hacerme un poco más de daño echando un vistazo. Me senté en el suelo —ya casi no quedaban muebles en el salón— y ojeé al azar aquellas fotos.
—Víctor, hoy no es el día para que demuestres que eres mucho más que un fotógrafo de la BBC. No digo que no uses tu querida perspectiva aberrante —así se llamaba a su ángulo favorito: girar la cámara unos 25 grados sobre la horizontal para hacer “arte”—, pero hoy te agradecería que no le des un disgusto a la novia y seas sobre todo funcional —le pedí a Víctor, amigo y fotógrafo de bodas en esta ocasión.
—Tranquilo. Sé lo que hago. Y ya verás cómo dentro de unos años agradecerás que no todas las fotos sean convencionales.
Víctor no sabía entonces hasta qué punto serían proféticas sus palabras.
Llevaba un buen rato ya pasando fotos y viajando en el tiempo cuando algo en mi cabeza me hizo dejar de pasar páginas. Me quedé unos instantes parado antes de pasar las láminas hacia atrás, hasta encontrar lo que me había llamado la atención.
Eran una pareja, un hombre y una mujer, a los que no reconocía. Al fondo se veía a los músicos tocar, los Dusty Strings, un capricho —caro— que me permití para un día así. Quizá era la presencia del grupo lo que explicaría la presencia más o menos furtiva de aquella pareja, sobre todo teniendo en cuenta que la boda tuvo lugar en un salón de celebraciones en un día en el que había varias bodas más. No sería descabellado que el sonido del concierto les llamara la atención y decidieran escuchar un rato.
Eso me tranquilizó, pero solo un poco. Seguía habiendo algo extraño en aquella foto. La saqué de su funda y me la acerqué a la cara —maldita presbicia—. No tardé en descubrir qué era lo que no cuadraba.
Sí, era lo que el tipo llevaba en la mano. ¡Un iPhone! No, eso no podía estar ahí. ¿Qué hacía un iPhone en una foto del año 2000? ¿Existía el iPhone en el año 2000?
La hiperconectividad tiene muchas cosas malas, pero es un lujo poder consultar cierta información al instante. Efectivamente, un vistazo rápido a mi teléfono móvil —Android, que yo nunca sucumbí al encanto de los productos de Steve Jobs— me confirmó que no fue hasta 2007 cuando se inventó el iPhone.
¿Qué cojones estaba pasando?
“Tranquilízate, es solo una foto rara. Seguro que tiene una explicación”, me dije.
Un iPod, eso es. Aunque fuera uno de los primeros modelos, en el 2000 tal vez sí es posible que hubiera algún iPod funcionando. Eso explicaría la dichosa manzanita en la parte trasera del aparato.
Había algo más que no cuadraba, además de la manzana trasera. Hasta donde yo recuerdo, los iPod no tenían pantalla luminosa, y aquel chisme de la manzanita emitía por su parte delantera una luz que se reflejaba en la manga oscura de la chaqueta de aquel tipo.
No, definitivamente, un iPod no podía ser.
Me pregunté si, al pararme a darle vueltas a todo aquello, no estaba buscando excusas para retrasar aún más aquel momento. Dejar la que había sido nuestra casa durante más de veinte años no era un trago fácil; hacerlo solo era aún peor.
Conecté el ordenador portátil y rebusqué entre las cajas tratando de recordar dónde había dejado los viejos discos duros. Tampoco había tantos, pues no me gusta demasiado guardarlo todo en almacenes digitales para la posteridad. Bueno, en realidad, lo que soy es algo perezoso y descuidado, y termino perdiendo colecciones enteras de documentos con mi vida digital solo por no molestarme en guardar una copia. Así me va.
Pero las fotos digitales de la boda era algo que no podía permitirme perder. Sabía lo importantes que eran para ella.
Empecé a pasar fotos. Pronto me di cuenta de que Víctor había sacado en papel menos fotos de las que había tomado y guardado en sus tarjetas de memoria. En el disco duro había bastantes más fotos que en el álbum impreso.
Seguí pasando instantáneas. El sistema las mostraba por orden de antigüedad, así que, recordando las etapas de aquel día, sería rápido llegar a esta: preparativos en casa, recogida de los novios, fotos en un paraje idílico, llegada de los novios (por separado, claro), ceremonia civil, el arroz volando, el banquete nupcial, los Dusty Strings, los primeros rostros desencajados por el alcohol, el DJ, el baile con la novia y las primeras despedidas, fotógrafo incluido.
Así que, al llegar al final del banquete, fui pasando las imágenes más despacio.
Al poco de verse las primeras fotos de los músicos tocando apareció la foto que buscaba. La amplié todo lo que pude y, en efecto, lo que aquel señor llevaba en la mano era claramente un iPhone, y no de los primeros. La manzanita estaba iluminada y se veía bastante bien más de una cámara en una esquina.
¿Cómo era posible?
Aquel aparato era como mínimo un iPhone 7, si no posterior. ¿Qué hacía un iPhone 7 en una boda del año 2000?
Entonces sí me puse nervioso de verdad. Ya no tenía importancia alguna si esa pareja eran unos desconocidos o si se colaron desde otra boda. Ahí estaba viendo con mis propios ojos algo que era imposible: literalmente no podía haber pasado.
Levanté la cabeza del ordenador y respiré profundamente. Varias veces. Dicen que viene bien para controlar los nervios, la respiración, cuando todo empieza a darte vueltas alrededor.
¿Cómo no había visto esta foto en su día?
Supongo que entonces las pasaríamos distraídamente y a buen ritmo, pues eran un buen montón de fotos y aquellos días de mucho ajetreo y emociones.
Me serené un poco, tampoco demasiado, pero sí lo suficiente como para devolver la mirada a la pantalla.
“¿Y ahora qué?”, me pregunté estúpidamente.
Bajé un poco el espasmódico fluir de ideas absurdas e inconexas de mi cerebro.
“Pues habrá que seguir averiguando. Esto es demasiado bestia como para hacer como que no ha pasado”, me respondí, para sentirme aún más absurdo.
Recordé entonces que Víctor había guardado en el disco duro más fotos de las que sacó para el álbum y seguí pasándolas hacia adelante en busca de más imágenes de esa pareja.
Había más. Varias. Las suficientes como para estar seguro de que aquel tipo llevaba un iPhone en su mano y que era de los modernos.
En la última foto en la que aparecía esta extraña pareja pude ver algo más. Estaba tomada desde más atrás que las otras y se veía al fondo a los músicos y, muy cerca, a la izquierda de la imagen, al tipo mirando la pantalla del teléfono, como si estuviera revisando las fotos que había tomado.
La foto no era demasiado buena, pues en ese plano se cortaba a uno de los músicos, por un lado, y al individuo este, por otro. Quizá por eso fue de las descartadas para el material del álbum final.
La cuestión es que el enfoque parecía haberse quedado en un punto intermedio entre el tipo y el escenario, lo suficiente para que se pudiera apreciar cierto detalle de la pantalla que sostenía en su mano.
Así que amplié y amplié hasta hacerme una idea de lo que mostraba la pantalla: gente bailando, aparentemente en nuestra boda.
Ampliar más solo conseguía mostrar un gurruño de píxeles mal avenidos, así que recurrí a la inteligencia artificial, que para eso está. En los últimos años estas aplicaciones son realmente buenas mejorando imágenes poco nítidas, pero de forma fidedigna, no como hace no tanto, que hasta se inventaba rostros diferentes a los reales.
La imagen mejorada mostraba en primer plano a una María Jesús sonriente, bailando animadamente con JV. Sí, sin duda era ella.
Detrás, algo más lejos en ese plano, aparecíamos los novios bailando lo que parecía el típico y obligado baile nupcial, del que yo previamente intenté librarme, sin éxito.
Pese a la mejora, la imagen no era clara del todo, pero parecía seguro que ahí estaba María Jesús y también nosotros dos.
Nada extraño… si no fuera porque María Jesús se sintió indispuesta a los postres del banquete y JV y ella se tuvieron que ir en ese momento a urgencias… y porque el baile nupcial tuvo lugar después del concierto.
