Bien y mal

¿Y si el malo soy yo?

El mundo está repleto de mala gente. Los vemos a cada momento por la calle, en las noticias, gobernando países o comunidades autónomas; montan guerras, cometen genocidios, toman decisiones injustas a sabiendas, oprimen al débil o, simplemente, se portan mal con el vecino o el compañero de trabajo.

Sin embargo, cuando se le pregunta a cualquiera, casi nunca la respuesta es \»sí, soy mala persona\», lo que no concuerda, ni de lejos, con el número de malas personas que se supone que hay en el mundo y el de las que se reconocen a sí mismas como tales. Y ahí tenemos la paradoja de la que quería hablarles hoy: ¿somos necesariamente nosotros siempre el héroe y el otro el villano? Las cuentas no salen.

Parece que este tema lo tienen bastante estudiado los psicólogos. Existe una disonancia cognitiva que nos hace vernos a nosotros mismos como buena gente en todo momento o, al menos, justifica nuestras acciones por perversas que puedan parecer desde otro prisma. No hay más que mirar los juicios de Núremberg: responsables del exterminio de miles de inocentes justificaban sus acciones como meros actos de obediencia debida por su cargo militar. Y se quedaron tan anchos. Y no fue solo uno ni dos. ¿Es posible que de verdad pensaran que no había nada malo en sus acciones? Así debía de ser cuando tantos genocidas lo afirmaban sin que les temblara el pulso.

Pero el de los nazis no es más que un ejemplo. Hay muchos más en la historia reciente (las prisiones de Abu Ghraib o las matanzas de Ruanda en 1994) o no tan recientes, como nos cuenta Pedro Huertas en Roma Sangrienta, cuando describe la brutalidad de pasar a cuchillo (pilum o gladius, para ser precisos) a los rivales en la época del Imperio romano, dejando por los suelos miles de cadáveres mutilados, torturados, e incluso empalados sin necesidad aparente.

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Philip Zimbardo explica en El efecto Lucifer cómo el ser humano más común y anodino, si se dan las circunstancias adecuadas, puede pasar en relativamente poco tiempo a comportarse como el más cruel de sus congéneres. Zimbardo fue en 1971 el promotor del experimento de la prisión de Stanford, del que hay una interesante película alemana de 2001, Das Experiment, que relata su experimento. La idea de aquel proyecto era elegir a gente normal y corriente y situarla en un contexto de asunción de un rol definido: preso o carcelero, dándole mucho realismo al experimento a partir de las indicaciones de Zimbardo. Con el paso de los días, los carceleros terminaron comportándose como auténticos hijos de mala madre, llegando al punto de torturar a las personas con el rol de presos. En resumen, para llegar a ese punto eran precisas dos condiciones clave: la deshumanización del otro y la asimilación de un supuesto deber bajo el que amparar sus acciones. ¿Les suena?

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Cierto es también que ni todo el mundo ni en todas las épocas ha tenido la misma percepción del bien y el mal. La esclavitud fue algo asumido de forma generalizada durante siglos, al igual que el patriarcado extremo. Incluso algo que algunos podemos considerar tan obvio como la tortura animal no es un asunto cerrado, pues siguen existiendo los toros e incluso ayudas oficiales en muchos casos.

Caso aparte, y creo que merece un artículo específico, es el malismo, neologismo acuñado por el humorista gráfico y escritor Mauro Entrialgo. En su más que interesante libro Malismo: La ostentación del mal como propaganda (2024), nos habla del nivel de obscenidad alcanzado en la actualidad por los malos, que no solo toman conciencia de sus acciones, sino que las reivindican con orgullo. Pero, por hoy, no abramos más frentes.

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La moralidad, ¿tiene un componente biológico o es un constructo cultural? ¿Hay gente que es mala por naturaleza? ¿Tenemos capacidad de negarnos a hacer lo que consideramos el mal cuando se supone que debemos participar en él como parte de un engranaje?

Y la pregunta del millón: ¿es posible que cada uno sea el malo en la historia de alguien sin llegar a saberlo jamás? La respuesta a por qué nos cuesta tanto aceptar que podríamos ser los malos no deja de ser un mecanismo de defensa, una necesidad de construirnos un caparazón, una identidad coherente y moralmente aceptable en nuestro entorno, sea este el que fuere.

Reconozco que, siquiera por una cuestión meramente estadística, yo debería ser el malo en la película de otras personas. Pero es un pensamiento que me explota en la cabeza, una disonancia cognitiva que no soy capaz de asumir de buen grado. Es algo parecido —o no, pero es una idea que me viene al pensar en esto— a lo que ha ocurrido generación tras generación con la música popular juvenil: siempre se dice que la música juvenil del momento es simplona, soez, ramplona, alienante… respecto de la de la generación anterior. Así se decía de las canciones de esos melenudos de Liverpool que revolucionaron la música pop en los años 60 del siglo pasado, y yo tengo claro, meridiana y absolutamente convencido de ello, que la música de los Beatles es maravillosa y revolucionaria a la vez. Se dice del reguetón y otros estilos actuales que son todo eso mismo que se decía de los Beatles pero, me van a perdonar, por mucho que me sepa la teoría sobre los ciclos y la percepción de la música popular: el reguetón es una mierda. Es el mal en forma de onda sonora.

Bueno, quizá ya le he dado a alguien un motivo, esta vez de forma consciente, para ser el malo de su película.

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