Little Creatures

Todo estaba en Talking Heads. El disco de mi vida: Little Creatures

Hay discos que no solo te gustan: te explican. Little Creatures fue ese disco para mí, aunque entonces no tenía ni idea de por qué.

En el verano de 1985 yo tenía 16 años, esa edad en la que uno empieza a descubrir el mundo y, en lo musical, que no todo es copla y horteras cantantes melódicos. Dicen los expertos que la música que escuchas entre los 13 y 20 años es la que te marca, la que se queda grabada a fuego, la que te impacta como ninguna otra lo hará después, porque el cerebro es una esponja emocional. Y la experiencia me dice que así es.

Creo que para entonces ya estaba enganchado a Radio 3, y fue ahí donde debí escuchar por primera vez a los Talking Heads. Road to Nowhere me voló la cabeza en cuanto la escuché. Sin saber muy bien por qué, sentí que mi cuerpo se veía forzado a moverse compulsivamente con el sincopado ritmo de la canción. Algo parecido ocurrió semanas más tarde con And She Was, y ahí tuve claro que aquel grupo y aquel disco me estaban diciendo algo. Reflexionando sobre esto he terminado de atar muchos cabos, y he comprendido que, efectivamente, la banda de David Byrne me contaba algo, me estaba mostrando mi forma de entender la música sin que yo aún fuera consciente de ello.

Las canciones de Little Creatures, o de Talking Heads en general, se basan en la repetición, en ritmos sincopados y en un groove muy característico. Sin embargo, esa simplicidad armónica se cubría con una gran riqueza rítmica, que hacía que el cuerpo se me moviera empujado por esos patrones repetitivos, los cortes secos, los bajos insistentes

Yo por entonces no sabía qué demonios era el groove, pero resulta que ahí estaba la clave de mi patrón musical. Lo entendí más tarde, cuando terminé siendo DJ y comprobé que algunas de esas canciones que a mí me volaban la cabeza eran mano de santo para poner a bailar a la gente.

La gran pregunta es: ¿qué tiene en común buena parte de la música que más me gusta? Y resulta que todo estaba ya en Talking Heads: la repetición, el ritmo, el movimiento, la música que entra por el cuerpo antes que por la cabeza. Algunas conexiones empezaron a hacerse evidentes: el funk de James Brown que cada noche pinchaba René Esquer en el B12 —el garito con más groove de Murcia—, y de quien terminé heredando platos y cabina. James Brown, Prince y Talking Heads reinaban en aquel garito, y yo allí creía estar en la gloria, primero como cliente, y luego como DJ. Tardé muchos años en entender por qué tenía que terminar yo pinchando allí: el groove.

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El día que Prince tocó la guitarra con James Brown (1983)

Fue Little Creatures el disco que me voló la cabeza, pero ese privilegio podría haberle correspondido a cualquier otro disco de Talking Heads… si no fuera porque ese fue el que escuché a la crítica edad de 16 años. Y cuando poco después tiré del hilo y me encontré con Once in a Lifetime y Remain in Light, entendí que Little Creatures solo había sido la puerta.

Mi instrumento favorito es la guitarra. Sin embargo, uno de los conciertos en los que más me he aburrido en mi vida —hasta el punto de plantearme seriamente marcharme— fue el de Steve Vai. ¿Paradójico? Tal vez no. Porque con los años he descubierto que lo que más me engancha de la guitarra no es el solo, sino el riff. No soy de fuegos artificiales a 300 por hora; soy de groove, de repetición con intención. Ni Steve Vai ni Joe Satriani: a mí me mueve la guitarra de Nile Rodgers, de Prince, de Johnny Marr, de Andy Summers… y, por supuesto, del rock más ortodoxo pero con alma, como Springsteen o Keith Richards. Pero no es de esos últimos de los que quiero hablar hoy.

Me dirás que, en realidad, me gustan grandes artistas y canciones. Sí, es cierto, pero si sigo rascando en grupos o canciones que desde siempre me han puesto muchísimo, el patrón se repite:

  • Connected, de Stereo MC’s (por cierto, un día les contaré una anécdota con esta canción, una subida de ego y la banda de Rosario Flores).
  • Getting Away With It, de James.
  • O cuando descubrí Tom Tom Club y caí en que… claro que me tenía que gustar por fuerza. Nos ha jodido.
  • Green Onions, de Booker T. & The MG’s. Lo que me recuerda otra cuestión que no puedo dejar de mencionar: el Hammond.

Otra pauta que seguían muchas de las canciones que me gustaban era el clásico órgano Hammond y su impagable aportación a la psicodelia, a las atmósferas envolventes del rock setentero o a sus secuelas noventeras en grupos como The Charlatans. No sé si estoy hablando ya de otra cosa, pero creo que no. Esa atmósfera pegajosa del Hammond y su poder hipnótico se conecta con el groove a la perfección para terminar de explicar, en buena medida, lo que me define como melómano.

Y resulta que todo estaba en Talking Heads. Lo que soy como oyente, lo que buscaba como DJ, incluso lo que no sabía que me gustaba… estaba ahí.

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