Esta historia bien podría haber sido una de detectives, pero se quedó en algo bastante más cutre. Una mañana oí cómo mi compañero atendía a un usuario, y me pareció que tartamudeaba un poco, algo que solo le ocurría cuando se ponía nervioso. Me levanté de mi mesa y salí de mi despacho para ver qué ocurría.
Afuera, mi compañero hablaba con un tipo disfrazado de señor de incógnito: gafas de sol (incluso dentro de la oficina), una gabardina gris con las solapas abiertas y el lenguaje corporal quien está resolviendo un asunto importante. De haber llevado un sombrero de fieltro habría sido la reencarnación castiza de Humprey Bogart haciendo de Philip Marlowe.
Crucé una mirada con mi compañero y noté su preocupación, así que le sugerí al tipo que repitiera su historia para mí.
—Estoy buscando a un estudiante de Veterinaria —dijo el Marlowe murciano.
—Pues en la facultad —dije señalando con el pulgar a mis espaldas— hay muchos.
Pero no, no buscaba a uno cualquiera. Solo fue capaz de dar un nombre y un apellido, ambos bastante corrientes, pues se llamaba algo así como Antonio Martínez, y estudiaba en algún curso de la carrera de Veterinaria.
—¿Y para qué lo busca? —quise saber yo.
—Porque estuvo en la finca para hacer la luna.
Nos miramos mi compañero y yo, con la mutua esperanza de que el otro hubiera entendido la enigmática frase.
—Supongo que no hablamos de los cristales de un coche —dije yo, dejándole claro al tipo que aquello no iba a ser ni tan rápido ni tan sencillo como él había imaginado al entrar en la oficina.
Marlowe no se tomó a mal mi sandez y nos explicó que lo de hacer la luna era algo que tenía que ver con el mundo de los toros, que lo practicaban algunos aprendices de torero en las noches de luna llena, y que por lo visto estaba muy mal.
—Si toreas al toro antes de llegar a la plaza lo maleas y ya no sirve.
—¿Y por qué no sirve? —pregunté yo, más por incordiar que otra cosa.
—Cuando se le ha toreado una vez el animal ya conoce el engaño del capote, no entra al trapo y puede cornear al torero.
Conté hasta tres para no contestar lo que estaba pensando. No repliqué. Yo estaba tentando mi suerte y, al fin y al cabo, aquel remedo de personaje de Raymond Chandler hasta el momento había sido pacífico y paciente, y nunca se sabe cómo puede reaccionar un tipo que es capaz de vestirse de esa guisa en pleno siglo XXI.
Decidí que ya lo había toreado bastante —perdónenme la metáfora fácil—, y que era momento de despachar al detective, o lo que fuera ese tipo.
—No podemos darle esa información. La Ley de Protección de Datos Personales, ya sabe —dije poniendo cara de póquer.
—¿Y en la secretaría de la facultad tendrán esa información? —dijo él sin mostrar atisbo alguno de haber entendido mi respuesta.
—Seguro que la tienen, pero le van a decir lo mismo que yo —. En realidad, en secretaría lo más probable era no le permitieran perder el tiempo haciéndole contar la historia, y se limitarían a negarle la información, sin más ceremonias.
No sé si Marlowe llegó a encontrar al alumno que buscaba, pero tengo claro que no quería darle las gracias, precisamente.
No fue el primero ni el último usuario que intentó conseguir información a la que no tenía derecho, pero sí el primero con el que tuve que hacer un esfuerzo para no reírme en su cara.
