Ella desliza la tiza con soltura sobre la pizarra. Una ecuación crece con cada trazo cuando, a su espalda, una puerta se cierra. Él ha vuelto.
—¿Qué tal tu charla en la universidad? ¿Usaste la idea que te sugerí sobre el fotón como “mensajero de la luz”?
—No. Creo el concepto aún está un poco verde y… en realidad, no lo tengo claro.
—Albert, ¿sigues sin verlo? No es la cantidad de luz lo que libera el electrón, sino su frecuencia.
—Sí, claro. Si no tiene suficiente energía, permanece atrapado en el metal.
—Como yo en esta casa.
Él levanta la mirada, Mileva sonríe con ironía.
—Mileva, amor, tú iluminas mis ideas.
—¿Iluminarlas? Te las entrego. Enteras, empaquetadas y listas para publicar. Pero dime, ¿qué pasará cuando la luz que te rodea no provenga de mí?
—¡Estamos en esto juntos! Lo importante no es quién lo dice, sino descubrirlo.
—Sí, claro. Como cuando le hablaste a Habicht sobre ese \»destello de inspiración\»… ¿Cómo lo llamaste?
—Un cuanto.
—Ah, claro. Yo lo llamo la frase que te dije la noche anterior.
Silencio. Einstein mira lo que Mileva había escrito en la pizarra. Ella, con un suspiro, se encamina hacia la cocina.
