Alicia Giménez Bartlett

El arma de Chéjov y el elefante en la habitación como claves narrativas en Petra Delicado

Aprovechando que descubrí recientemente a Alicia Giménez Bartlett y su larga saga sobre la inspectora Petra Delicado, decidí que, ya que me enganchaba tarde, al menos lo haría leyendo la serie de novelas en su estricto orden de publicación, labor a la que gustosamente me he dedicado en las últimas semanas. Ahora, con unas cuantas aún pendientes de leer, pero con más novelas ya leídas que por leer, creo que toca hablar de un recurso narrativo que he detectado en la saga. Se trata de algo que, en las primeras entregas, me chirrió y no supe bien cómo valorar, y que ahora tengo claro que forma parte del estilo narrativo de Giménez Bartlett.

Por si alguien más despistado que yo no sabe qué es Petra Delicado, diré que, básicamente, Delicado es una inspectora de policía que evolucionó desde el puesto de documentalista al de inspectora. Eso sí, es una inspectora peculiar en la que, digámoslo así, las imperfecciones humanas cotidianas son palpables y casi su seña de identidad: bebe como un cosaco; que actúe con malos modos es señal de que tiene un buen día, porque en los malos no descarta traspasar alguna que otra línea de la ortodoxia, e incluso de la legalidad. Su vida personal, cómo no, es bastante desastrosa, y ha sobrevivido a dos divorcios (de momento, pues voy a empezar la octava de la serie). Su fiel escudero, el subinspector Fermín Garzón, tampoco es precisamente candidato al Nobel ni un modelo a seguir; con el paso de los años sigue luchando por acoplarse al rol de ser mandado por una mujer, que además es como es Delicado, valga el oxímoron.

Pero todo esto es mero contexto, pues aún no he entrado en el meollo de lo que quería contarles: la escasa capacidad deductiva del personaje creado por Giménez Bartlett. Petra Delicado tiene como una de sus principales características no ser especialmente hábil en la deducción a partir de la información que tiene delante, y Garzón tampoco compensa esa carencia.

Dirán ustedes que me estoy cebando con el personaje. Bueno, no sé si juzgarlo así. La cuestión es que la autora narra en primera persona por boca de Petra, de modo que el lector tiene la misma información —o menos—, pues solo conocemos lo que la inspectora decide contarnos. Sin embargo, y aquí está el quid, en ocasiones nos planta una pista en las narices de esas que uno piensa: “No puede ser tan obvio que esta sea la clave”. Por algún motivo, la inspectora no piensa como el lector, o bien, debido a su situación etílica del momento, a una inoportuna llamada telefónica que interrumpe sus cavilaciones o a la recurrente exigencia de atención de su penuria amorosa, no logra procesar adecuadamente la información, pese a tenerla delante e incluso haberla verbalizado para el lector. Y no: Garzón ni el resto de aliados de las fuerzas de seguridad que la asisten son capaces de atinar y ver el elefante en la habitación.

\"Elefante

Así, pese a la obviedad de la presencia del elefante en la sala, este parece invisible para todos salvo para el lector. Al principio resulta incluso incómodo, pues uno llega a dudar de la habilidad narrativa de la autora, pero acaba convirtiéndose en una especie de juego entre autora y lector.

Con el paso de los capítulos, ese incómodo elefante termina transformándose en el arma de Chéjov (“Si dijiste en el primer capítulo que había un rifle colgado en la pared, en el segundo o tercero debe ser disparado inevitablemente. Si no va a ser disparado, no debería haber sido puesto ahí”). El lector acaba, indefectiblemente, dándose la razón a sí mismo: “¿Ves? Ya dije yo que era mucha casualidad que apareciera fulanita justo en ese momento. Estamos apañados con esta Holmes y su acólito”.

\"Revolver\"

Supongo que alguien que sepa realmente de técnicas y recursos literarios podría hablar de cuestiones como la ironía dramática invertida —pues en este caso es el lector quien va por delante del investigador— o del uso del narrador poco fiable. Pero, como yo soy apenas un gañán con ínfulas, no me meteré en esos jardines.

En cualquier caso, reconozco que, como lector, me sorprendió esta forma característica de narrar, tan alejada de la perfección de los Holmes o Poirot, y que la hiperhumanizada Petra Delicado (el oxímoron del apellido también tiene su coña, porque vaya formas se gasta la inspectora) engancha y conecta con el lector precisamente por ser tan patosa e imperfecta.

Si alguien conoce algún estudio literario sesudo sobre los recursos narrativos de Giménez Bartlett en Petra Delicado, que lo deje en los comentarios, no vaya a ser que uno se piense que ha inventado la rueda con este descubrimiento.

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