La proximidad de la oficina de información al hospital veterinario generó varias historias sabrosas. Un día oí cómo aparcaba en la puerta un vehículo grande, un camión o una furgoneta, y unos segundos después entró en la oficina un tipo con una cabra muerta a hombros.
—¿Dónde te dejo la cabra? —dijo el tipo mientras buscaba con la mirada un lugar que le pareciera apropiado para depositar el cadáver del pobre bicho.
¿Cabra? ¿Una cabra? ¿Pero qué coj…?
—No, no. Aquí no pero… ¿dónde va con eso, hombre? —le dije estupefacto.
—Que se me han muerto ya ocho o nueve. Las llevo ahí en el camión ¿Te las voy dejando aquí?
No fui capaz de decir nada durante unos segundos. Por aquél entonces yo era joven e inexperto, y apenas contaba con unas pocas semanas de experiencia como trabajador de la oficina de información que el SIU tenía entonces en los bajos de la Facultad de Veterinaria.
—No, no. Aquí no es. No sé de qué va eso pero aquí no es.
El tipo de la cabra no tenía pinta de estar dispuesto a irse de allí sin dejarme el regalo caprino.
—Pues a mí me han dicho que le deje las cabras aquí para que las analicen.
—Aquí no creo.
—Yo se las dejo aquí y ya ustedes van viendo qué hacen con ellas —dijo él haciendo el gesto de descargar la cabra de sus hombros.
—Que no, que no ¿cómo la va a dejar aquí?
—¿Esto no es el hospital veterinario?
Acabáramos. De la impresión me había quedado en blanco. Volví a olvidar que estábamos en los bajos de la Facultad de Veterinaria, y el tipo quería ir al Hospital veterinario, situado a la vuelta de la esquina.
Me costó sacarlo de allí, pero pude convencerlo de que solo tenía que ir unos metros más allá. El tipo parecía tener menos ganas que yo de estar en contacto con la pobre cabra.
