Eso de «farmear aura» es una expresión que no había escuchado hasta hace apenas unos días. He tardado un poco en entender lo que significa, quizá porque quienes lo practican tampoco han sabido explicármelo demasiado bien.
«Farmear» procede del mundo de los videojuegos y consiste en repetir determinadas acciones para acumular recursos, experiencia o ventajas. El «aura», en este caso, sería una especie de puntuación imaginaria que mide el carisma, el estilo, la presencia o la capacidad de impresionar a los demás. Así pues, farmear aura consiste en hacer algo —un gesto, un movimiento, un baile, una frase— destinado a proyectar una imagen atractiva o admirable y, de ese modo, sumar puntos de carisma ante los demás. A menudo, además, la expresión se utiliza con cierta ironía.
Pasará de moda en cuestión de semanas, creo yo, igual que desaparecieron del panorama de la noche a la mañana los therians. ¿A que ya ni te acordabas de ellos? O, quién sabe, quizá aguante algunos meses más, como lo del six-seven, que eso sí que ni jóvenes ni mayores han conseguido explicar todavía de manera coherente.
Si quieres que te dé mi opinión —ya imagino que no, pero te la voy a dar igualmente—, todo eso de farmear aura se puede traducir al román paladino como hacer el gilipollas de toda la vida.
Antes de llamarme boomer o indocumentado, déjame decirte que todos hemos hecho el gilipollas de jóvenes, aunque ahora pongamos cara circunspecta de señores mayores, serios y rectos, que tampoco es mi caso, pues soy consciente de que incluso ahora sigo haciendo el idiota a veces. Quizá hemos olvidado lo gilipollas que éramos entonces y las múltiples formas que teníamos de manifestarlo. Algunas incluso sin pretenderlo; quizá la mayoría.
Dicho esto, creo que existe un matiz generacional importante que encaja perfectamente con los tiempos que vivimos.
Los jóvenes siempre han hecho, en mayor o menor medida, el idiota. Quien más y quien menos se implicaba en alguna actividad que, vista desde fuera, podía parecer igualmente absurda: inventar una nueva forma de bailar o interpretar la música —el break dance y el rap—, dejarse atrapar por un deporte, montar un grupo sin saber apenas tocar o ensayar durante meses en un garaje para actuar una noche ante treinta personas, veinte de las cuales estaban allí porque eran amigos o familiares.
Todo eso se hacía por el afán de pasarlo bien y, cómo no, de llamar un poco la atención. La edad lo pide. Uno está intentando descubrir quién es, encontrar su lugar en el grupo y hacerse visible en un mundo que entonces se presenta más o menos hostil.
También existía, por supuesto, la exhibición vacía. No voy a falsificar mi propia juventud para ganar esta discusión. Es cierto que una vez robamos —aunque después la devolvimos— una pala cargadora de una obra, nos subimos varios en ella y nos fuimos hasta el centro de la ciudad. No perseguíamos ningún aprendizaje, no estábamos desarrollando la motricidad fina ni adquiriendo resiliencia. Queríamos demostrar que éramos guais. Y, a juzgar por la idea que se nos ocurrió, no lo éramos demasiado.

El matiz viene después —que diría Mecano—, cuando comparamos la preparación que exigían buena parte de aquellas actividades. Para muchas de ellas no te atrevías a mostrarte en público sin haber acumulado antes cientos, quizá miles, de horas de práctica. Había que aprender a tocar un instrumento, dominar un balón, ensayar una coreografía o repetir una pirueta hasta dejar de aterrizar con la cabeza.
Eso no significa que los jóvenes de hoy hayan dejado de hacerlo. Siguen existiendo chavales que tocan la guitarra, forman grupos, entrenan, bailan, pintan, escriben, programan o ensayan durante años aunque nadie los mire, aunque no se hagan virales y aunque el aplauso más entusiasta que reciban proceda de su madre. No ha desaparecido el esfuerzo ni se ha extinguido una misteriosa virtud que antes viniera instalada de fábrica en cada adolescente.
Lo que ha cambiado son las plataformas y, con ellas, el sistema de recompensas. TikTok, Instagram y el resto de las pantallas que nos hemos colocado delante de los ojos —a los jóvenes y a los que ya no podemos acogernos a esa excusa— premian lo que se entiende en unos segundos, lo que se puede imitar con facilidad, lo que provoca una reacción inmediata y lo que permite producir otra pieza casi idéntica mañana. Nos idiotizan a todos, aunque no siempre de la misma manera: a unos los empujan a exhibirse y a otros nos mantienen durante horas contemplando cómo se exhiben.
Para farmear aura, según me cuentan, no es necesario ensayar ni entrenar demasiado. Basta con encontrar el gesto adecuado, grabarlo en el momento oportuno y confiar en que el algoritmo haga el resto. No hace falta trabajar demasiado en una habilidad; basta con crear durante unos segundos la apariencia de tenerla.
Ese es, para mí, el verdadero matiz generacional. No que los jóvenes de ahora sean más idiotas, sino que viven dentro de un sistema que recompensa la inmediatez y convierte la viralidad, por volátil que sea, en un fin en sí mismo. Y como cualquier cosa puede hacerse viral, dedicar mucho tiempo a una sola parece una inversión poco rentable: para cuando hayas adquirido cierta destreza, quizá ya haya pasado tu oportunidad de llamar la atención con ella.
Naturalmente, las pantallas no han acabado con las actividades de largo recorrido. Pero compiten contra ellas con ventaja. Aprender a tocar la guitarra puede llevar años; fingir durante quince segundos que tienes carisma puede proporcionar una recompensa inmediata. Entrenar un deporte exige aceptar la frustración, la repetición y el fracaso; publicar un vídeo permite probar suerte, mirar las cifras y pasar al siguiente. Una cosa te obliga a aplazar la recompensa. La otra te acostumbra a reclamarla antes incluso de haber hecho méritos para obtenerla.
Aquí vendría la reflexión boomer de que lo nuestro era mejor, más sano o más instructivo. Y la verdad es que me cuesta evitarla por completo. Porque sí, pienso que dedicar miles de horas a aprender a tocar la guitarra, a ser el mejor del barrio bailando break dance —piruetas de suelo incluidas— o a jugar al baloncesto hasta lograr una ficha federativa en un buen equipo aporta algo a tu vida y al adulto que terminarás siendo. Llámalo resiliencia, capacidad de esfuerzo, coordinación, motricidad fina, disciplina o trabajo en equipo.
Tal vez ese supuesto valor futuro de las actividades juveniles ni siquiera sea necesario para justificarlas. Uno también tiene derecho a hacer algo simplemente porque le divierte. Pero casi ninguna experiencia o aprendizaje resulta completamente intrascendente: todo deja algún rastro.
Sería injusto afirmar que farmear aura no enseña absolutamente nada. Quizá permita desarrollar cierta desinhibición, dominio corporal, capacidad para interpretar ante una cámara o intuición para descifrar los códigos sociales del momento. El problema es que esas habilidades sirven, sobre todo, para seguir participando en el mismo circuito de atención que las recompensa.
La cuestión, por tanto, no es si farmear aura aporta algo. Seguramente lo hace. La cuestión es qué clase de persona entrenas cuando todo el esfuerzo se dirige a captar durante unos segundos la mirada de los demás.
Antes hacíamos el idiota mientras aprendíamos algo. Ahora podemos dedicar miles de horas a perseguir una atención que no exige una habilidad concreta, que casi nunca llega y que, cuando llega, apenas dura.
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