No tengo demasiado ánimo para escribir sobre JAM. Lo cual, tratándose de un texto sobre alguien que acaba de morir, quizá sea una obviedad, pero también un problema: estas cosas suelen terminar convertidas en un obituario laudatorio de serie, lleno de piropos, lugares comunes y frases que servirían igual para un amigo que para un actor secundario de una serie de los ochenta.
Y JAM no era un hombre de lugares comunes.
Como salirse de la norma era algo que le gustaba bastante, he pensado que podría enfocar este texto desde el otro lado. Ir contra corriente. Hacer algo más punk. Buscar cosas malas que contar sobre él.
Vamos allá:
—
—
—
Nada.
No encuentro nada malo que contar de JAM. Alguna manía tendría, supongo, porque tampoco conviene convertirlo a estas alturas en candidato a la beatificación. Pero, si existía, debía de ser una manía pequeña, discreta y muy bien llevada, porque no consigo recordarla. El que le gustara el fútbol no cuenta ¿No?
Tampoco he encontrado a nadie que me ayude en esta tarea. Lo más parecido serían aquellas disputas profesionales con Ángel Sopena, nacidas por mor de la pluma afilada de JAM. Pero ni siquiera eso sirve como material incriminatorio. JAM podía parecer un tipo duro cuando ejercía de periodista musical y algo no le gustaba. Especialmente cuando algo no le gustaba.
Alguna vez hablamos de aquello y de la prensa musical en la que todo parece haberse vuelto bueno: ya no hay malos discos ni malos conciertos. El problema es que, cuando todo es bueno, nada lo es realmente. Lo que desaparece no es la crítica negativa, sino la honestidad.
JAM era honesto.
Si un disco le parecía malo, no se inventaba una epifanía para conservar una amistad, conseguir una invitación o seguir figurando en una lista de correo. Lo escribía. Eso podía molestar, naturalmente. La verdad tiene esa costumbre tan poco diplomática. Pero una cosa es escribir que algo no te gusta y otra muy distinta utilizar una columna para hacer daño. JAM sabía la diferencia.
Cuando lo conocías de cerca, aquella dureza se desvanecía. Emanaba bondad por los cuatro costados, aunque la expresión sea un tópico y haya empezado este texto huyendo de ellos. Qué le vamos a hacer. A veces los tópicos se convierten en tópicos porque, de vez en cuando, son verdad.
Con JAM dejé muchas cosas pendientes.
Dejó pendiente el pódcast que pensó montar cuando la dichosa enfermedad provocó que lo jubilaran antes de tiempo. Una cosa es padecer una enfermedad, en principio superada, y otra muy distinta perder de pronto la capacidad de hacer cosas. Y JAM podía hacer un pódcast desde casa. Claro que podía.
Hasta montamos allí durante unos días un pequeño conato de proto estudio de grabación con material prestado.
El proyecto no cuajó. JAM temía que hacer un pódcast pudiera poner en peligro la mísera pensión que le había quedado. El sistema tiene estas delicadezas: primero te aparta antes de tiempo y después consigue que cualquier intento de seguir activo parezca una actividad sospechosa.
También dejamos pendiente un curso de verano sobre música. Me había sabido a poco la charla que impartió unos años atrás en la Universidad de Murcia, dentro de un ciclo de conferencias que ayudé a organizar. Queríamos hacer algo más grande. De vez en cuando recuperábamos la idea durante los trayectos a los conciertos que compartimos estos últimos años.
Por no hablar de las colaboraciones en mis podcast que dejamos barruntadas, que eso no se lo podía impedir ninguna magistratura de trabajo.
Siempre había tiempo.
Esa es una de las estupideces que damos por ciertas hasta que deja de serlo.
Lo que más me impresionaba de JAM era que, pasados los sesenta, seguía escuchando música con los oídos de un muchacho de veinte años. Conservaba intacta la capacidad de sorprenderse y emocionarse ante una canción nueva. No escuchaba las novedades para comprobar cuánto se parecían a las antiguas, ni para explicar que él ya había oído algo semejante en una maqueta de 1979. Las escuchaba esperando encontrar algo bueno.
Y todavía lo encontraba.
En él pensé cuando hablé de los grandes prescriptores en mi episodio de Cara B dedicado a John Peel. Gente que no utilizaba la música para protegerse del paso del tiempo, sino para seguir avanzando dentro de él.

JAM me descubrió tardíamente a The Pains of Being Pure at Heart, uno de esos grupos que yo debería haber conocido en su momento y, por alguna negligencia difícilmente justificable, no conocí. Fuimos juntos al concierto que dieron recientemente en Murcia. Allí quedó pendiente una quedada con Ross y Kañas, dos nombres imprescindibles de la música murciana, con quienes compartí oficio de DJ en el siglo pasado.
Otra cosa pendiente.
JAM no solía quejarse. Prefería rumiar algunas cosas en silencio antes que airearlas, de modo que tuve que llegar por caminos indirectos a una de las pocas decepciones que parecían haberle hecho daño en los últimos años.
Mientras ejercía como periodista musical, tenía en sus manos un altavoz capaz de multiplicar las excelencias de determinados artistas. Cuando dejó de tenerlo, descubrió que algunas personas de la industria ya no eran tan cercanas ni tan atentas como antes.
—Pero bueno, no vale la pena —decía.
Era su manera de quitarle importancia. Aunque sí la tuviera.
Supongo que tampoco le gustaría que ahora me pusiera demasiado solemne.
Uno de los discos favoritos de JAM —y mira que conocía discos— era el primero de The Boys. Allí estaba First Time, una canción sobre el vértigo de estrenarse en ciertas cosas.
Y ahora JAM ha tenido que estrenarse también en esto.
Morirse por primera vez.
Hay primeras veces verdaderamente estúpidas.
Cuando me enteré de que se había ido, durante un rato me sentí dentro de Cazadora de cuero, su canción mítica, pero esta vez en el lado equivocado de la historia. Ahora era yo quién no lo podía entender, ni sabía bien qué había pasado, ni los periódicos me habían dado suficiente información.
Solo tenía el titular, seco y a quemarropa:
JAM se ha ido.
Y después estaba todo lo demás: el pódcast sin hacer, aquel protoestudio, el curso de verano, la quedada con Ross y Kañas, los conciertos futuros, las conversaciones durante el camino.
Todas esas cosas que íbamos a hacer porque todavía había tiempo.
Al final sí he encontrado algo malo que contar de JAM.
Se ha ido dejándolo todo pendiente.
Descubre más desde Juan Carlos García Gómez
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
