A finales de los años ochenta vi un cartel que anunciaba un taller de radio en la universidad. Me apunté sin saber muy bien qué esperaba encontrar allí. Lo que encontré, aunque entonces no lo sabía, fue una infección incurable: el virus de la radio. O de lo que muchos años después llamaríamos podcast. O narrativa sonora. O necesidad compulsiva de poner a gente a hablar delante de un micrófono, que viene a ser lo mismo pero con menos prestigio académico.
El taller lo impartía Joaquín, cuyo apellido he olvidado, aunque no su presencia. Era un tipo entrañable, vinculado al ambiente cultural murciano y a la radio libre. Tenía su propio programa en Radio Termita, una emisora pirata de la Murcia de los ochenta, perseguida, clandestina y con ese punto de leyenda urbana que ganan las cosas cuando las conoces con dieciocho años y una personalidad más bien obsesiva.
Su programa se llamaba Esperando a Godot. Solo por el título ya se deduce que aquello era cultura demasiado dura para mí en aquel momento. Lo escuché un par de veces, no muchas más. Yo venía de la huerta, era impresionable y probablemente no entendía ni la mitad de lo que rodeaba aquel ecosistema, pero precisamente por eso me fascinaba. Aquella mezcla de cultura, clandestinidad, precariedad técnica y gente que parecía vivir en un mundo secreto me entró directamente en el cerebro.
El estudio que podía venirse abajo
Tras el taller se montó una especie de proyecto de radio universitaria. Spoiler: murió ese mismo año. Para grabar los programas usábamos prestadas, de forma semiclandestina —o directamente clandestina—, las instalaciones de Radio Termita. Estaban en un segundo piso bastante cochambroso, en un edificio cercano al Puente de los Peligros, amenazado de ruina y que no mucho después terminó derribado y reconstruido.
Grabábamos en las horas en las que no había emisión. Aquella habitación tenía una cualidad técnica muy particular: al andar, vibraba el suelo entero. No sé si eso contaba como efecto de sonido, como riesgo laboral o como metáfora de la radio libre, pero allí estaba.
El equipo tampoco era exactamente Abbey Road. Nada de magnetófonos Revox ni lujos parecidos. Había tres pletinas de casete, dos platos, una mesa de mezclas, cuatro micrófonos y uno de ellos colocado junto a los platos. No había pecera. No había insonorización real. Lo que sí había era lo que tenía que haber en todo estudio de radio precario de la época: cartones de huevos. Muchos cartones de huevos. Inútiles, sí, pero muy decorativos en esa estética de “hemos leído en algún sitio que esto funciona”.
Otro aparato imprescindible era un temporizador. Pero no piensen en nada digital. Era un mecanismo que conectaba la electricidad del equipo a la hora en que los responsables de aquella radio emitían. La idea era sencilla: no estar allí si aparecía la policía. Porque, al parecer, emitir desde una radio libre era una amenaza para el orden público de tal magnitud que convenía evitar acabar en comisaría por culpa de un programa cultural y cuatro micrófonos mal puestos.
Una radio universitaria hecha con cinta adhesiva
Nos organizábamos por grupos para hacer programas. Joaquín quería que aquello funcionara como un programa universitario diario, con una persona que actuara como conductor general y distintas secciones hechas por nosotros. En realidad, cada sección era casi un programa autónomo. No estábamos tan organizados. Si lo hubiéramos estado, quizá me habría ofrecido yo mismo para conducirlo. Hoy me arrepiento un poco. A los dieciocho uno se arrepiente de no haber hecho cosas que entonces no sabía que estaba dejando de hacer.
El nuestro se llamaba Toca madera (y Amelia Jiménez mi compañera de fatigas) y trataba sobre música murciana. Rock, claro. Usábamos como sintonía una canción instrumental de Los Enemigos. Había también un programa de cine, otro de tono bastante cultureta titulado A la sombra de las muchachas en flor, y otro llamado Gaudeamus igitur, creo que dedicado a la música clásica.
Como a veces nos ayudábamos unos a otros con el control de sonido, me tocó echar una mano en alguna grabación ajena. En una ocasión tuve que fabricar una sintonía para Gaudeamus igitur con los medios disponibles: pletinas, platos, mesa y paciencia. Lo logré, para orgullo mío, mediante un apaño sonoro que cuento en otra historia de este blog: Yo inventé el overdub… después de los Beatles.
El protopodcast en cinta de casete
Y aquí llegamos a la parte que justifica el título. Cuando terminábamos de grabar, salíamos de Radio Termita con la cinta de casete todavía caliente y la llevábamos a las instalaciones de COPE Murcia. Allí se emitía en la desconexión local nocturna.
Es decir: nosotros proponíamos programas, los grabábamos en un estudio precario y clandestino, entregábamos físicamente el archivo —perdón, la cinta— y una emisora lo distribuía en una franja concreta. No era podcast, claro. No había RSS, ni internet, ni descarga bajo demanda, ni plataformas. Pero culturalmente aquello se parecía mucho más al podcast que a la radio convencional.
Todo aquello era posible gracias a una revolución tecnológica mucho más antigua: la grabación magnética, que había transformado la radio décadas antes.
Era producción independiente, de nicho, hecha con medios domésticos, fuera de los circuitos profesionales, con libertad temática y una relación casi artesanal con el audio. Si se quiere ser estricto, aquello era radio en diferido. Si se quiere ser un poco más generoso, era un protopodcast en cinta de casete.
El “proto” está cogido con alfileres, lo admito. Pero tampoco mucho más que muchas etiquetas que usamos ahora con solemnidad de congreso. Al fin y al cabo, el “cast” de podcast viene de broadcast. Hoy lo asociamos a internet, pero la idea de emitir contenidos sonoros seriados, creados desde los márgenes y con una fuerte identidad personal, ya estaba allí.
El censor de turno
Eso sí, nuestras cintas pasaban antes por el oído del censor de turno. Me enteré cuando escuché varios minutos de silencio en una de nuestras emisiones. Por lo visto, la letra de una canción hacía alguna alusión al clero. La tijera no perdonaba.
La censura también la sufrió el programa de música clásica. Sí, de música clásica. ¿Cómo se censura un programa de música clásica? Pues parece ser que mis compañeros lo hacían en un ambiente demasiado desenfadado y “había risas”. Risas en un programa de música clásica. Dónde se ha visto. Un escándalo civilizatorio.
Ese detalle me gusta porque evita idealizar demasiado aquella época. La radio libre tenía épica, sí, pero alrededor seguía habiendo filtros, miedos, jerarquías y pequeñas formas de control. Lo clandestino no siempre desemboca en libertad plena. A veces desemboca en una cinta mutilada y unos minutos de silencio radiado.
La tierna indulgencia de los veteranos
El proyecto de radio universitaria duró poco. Después de unos meses de grabaciones en casete y emisiones nocturnas en COPE, conseguimos que nos dejaran emitir en directo en RNE, ya con el nombre de Las esquinas del pop y sintonía de Todos y la chica, en las instalaciones de la antigua Radio Juventud, donde entonces daba sus últimos coletazos Radio 4 de RNE.
Yo no sabía que aquello estaba acabándose. Por eso, al terminar la temporada, me planté allí con un proyecto de programa sobre música alternativa española. Recuerdo la expresión del señor de la redacción: una media sonrisa de tierna indulgencia, la de quien ya sabe que aquel mundo se está apagando mientras tú todavía crees que acabas de descubrir una puerta de entrada.
No sé si aquel proyecto era bueno, malo o sencillamente prematuro. Lo que sí sé es que yo ya estaba perdido para siempre. Había descubierto que se podía hacer radio sin esperar a que nadie te invitara oficialmente. Que bastaba una habitación dudosa, cuatro micrófonos, una mesa de mezclas, unas cintas y un grupo de gente con ganas. Eso, para un chaval de dieciocho años, era una revelación.
Antes el problema era emitir; ahora, que alguien te encuentre
Visto desde hoy, lo más curioso es cómo ha cambiado el cuello de botella. Entonces el gran problema era conseguir emitir. Necesitabas una emisora, una frecuencia, una desconexión local, una puerta abierta en algún sitio. Hoy cualquiera puede grabar, subir y publicar desde su casa. Pero esa facilidad ha traído otro problema: ya no cuesta tanto emitir como ser encontrado.
Antes llevábamos una cinta de casete a una emisora. Hoy subimos un archivo a una plataforma. Antes dependíamos de que alguien nos dejara un hueco en la noche. Hoy dependemos de algoritmos, buscadores, redes sociales y de que alguien, en algún lugar, decida pulsar play entre miles de opciones.
Por eso me interesa llamar protopodcast a aquello. No porque quiera forzar una definición, sino porque ayuda a entender que el podcast no nació de la nada. Antes del RSS ya existía el impulso: grabar una voz propia, hablar desde los márgenes, hacer comunidad alrededor del sonido y buscar una manera de llegar a otros.
Coda: el malentendido
Un día nos llamaron de RNE para hablar de nuestro programa y de la radio universitaria. O eso pensamos nosotros. Cuando ya estábamos en directo comprendimos que el entrevistador quería hablar de Radio Termita, la radio pirata, y daba por hecho que nuestra relación con ella era mucho más orgánica de lo que realmente era.
En realidad, nosotros habíamos usado sus instalaciones como quien usa una cueva prestada para grabar. Nuestra vinculación era más instrumental que militante. Pero ya era tarde para corregir el equívoco sin dinamitar la entrevista, así que salimos del apuro como pudimos, entre todos, procurando que no se notara demasiado. Nos despacharon rápido. Un poco como Homer Simpson desapareciendo entre los setos.
Al final, quizá llamar protopodcast a aquellas cintas sea una exageración. O quizá no. Tal vez era simplemente radio en diferido. Pero también era una forma temprana, precaria y analógica de hacer algo que sigo haciendo décadas después: sentarme delante de un micrófono, construir una voz y confiar en que alguien, al otro lado, quiera escuchar.
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