Hay una pequeña paradoja divertida en todo esto del malismo.
Llevaba tiempo intentando entrevistar a Mauro Entrialgo para El Disfraz de Polifemo. Cuando digo “llevaba tiempo”, quiero decir lo suficiente como para que él probablemente empezara a sospechar que yo iba a seguir insistiendo hasta el fin de los tiempos o hasta que cambiara de número de teléfono. Lo que sucediera antes.
Y entonces ocurrió algo curioso.
Hace unas semanas grabé una entrevista con Antonio Sanz, autor de Diario de un criminólogo incomprendido. Durante la conversación salió el concepto de “buenismo”, salió esa extraña mutación cultural que convierte la empatía en sospechosa y el cinismo en señal de inteligencia… y Antonio mencionó un libro amarillo que había visto casi por casualidad en una librería. Lo compró atraído por el color, sin saber demasiado sobre él.
Y claro, cuando alguien menciona espontáneamente a Mauro Entrialgo en una entrevista previa mientras tú llevas meses persiguiendo a Mauro Entrialgo para entrevistarle… eso ya empieza a parecer una señal del destino. O acoso temático con estructura narrativa. Que también.
Así que volví a la carga.
Y esta vez aceptó.
No sé si por interés real, agotamiento psicológico o simple curiosidad antropológica, pero aceptó.
Y menos mal.
Porque la conversación confirmó algo que llevo tiempo pensando: que el libro de Mauro tiene algo profundamente perturbador. No porque descubra un fenómeno desconocido, sino porque le pone nombre a algo que todos llevamos años viendo sin terminar de verbalizar del todo.
Que hacer el mal parece haberse convertido en rentable.
No solo rentable: prestigioso.
Hay quien insulta y gana seguidores.
Hay quien miente y gana votos.
Hay quien presume públicamente de comportamientos miserables… y eso genera admiración, notoriedad o dinero.
Y uno se queda pensando: espera un momento… ¿cómo hemos llegado aquí exactamente?
Porque una cosa es que exista gente mala —eso no es precisamente nuevo— y otra muy distinta que hayamos llegado al punto de exhibir determinadas conductas como si fueran medallas. Como si la crueldad, la falta de empatía o el egoísmo agresivo se hubieran convertido en signos de autenticidad, fuerza o rebeldía.
En la entrevista hablamos mucho de eso. De Trump, de redes sociales, de trolls, de Torrente, de la picaresca, del “buenismo” convertido en insulto y de esa sensación extraña de vivir en una época donde, como dice Mauro, “lo transgresor empieza a ser ser buena persona”.
Que es una frase tremenda si uno se para a pensarla dos minutos.
También descubrí una cosa que me hizo bastante ilusión: probablemente sea la primera vez que entrevisto a alguien que ha acuñado —o al menos definido y popularizado— un neologismo que ha terminado entrando en circulación real.
“Malismo”.
No está nada mal para una palabra nacida, en parte, de observar demasiadas cosas desagradables.
Porque Mauro, además de dibujante, humorista y ensayista, es un coleccionista bastante peculiar. Colecciona objetos, referencias culturales, absurdos cotidianos… y también maldades. O mejor dicho: ejemplos de ese mecanismo por el cual determinadas personas descubrieron que presumir de comportamientos reprobables podía generar rédito social, político o comercial.
Fue anotando casos durante años.
Y de tantas notas acabó saliendo un libro.
Un libro pequeño, amarillo y bastante peligroso. Porque tiene un efecto secundario curioso: una vez entiendes el concepto de “malismo”, empiezas a verlo en todas partes.
Y ya no puedes dejar de verlo.
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