Le había inutilizado los frenos con una calma gozosa, como quien teje un sortilegio, como quien, en plena epifanía, alcanza una revelación que lo desborda y abraza una paz liberadora.
Al doblar la esquina, alcanzaríamos lo más alto de la implacable cuesta del Chapiz. El Sacromonte sudaba el calor de julio y tras la Alhambra escapaba la puesta de sol. Para uno de los dos iba a ser la última ocasión de contemplar ese efímero milagro de luz, y no sería para mí.
Aún me escuece en la memoria ver aquel folleto de la silla de ruedas eléctrica, desechado en el cubo de la basura.
