La tormenta

La tormenta

Jon removía distraídamente el café con la cucharilla, mirando por la ventana del bar. No era un día particularmente caluroso, pero algo en el aire se sentía extraño. Afuera, el cielo había adquirido un tono oscuro e impenetrable, una sombra sin nubes, sin brisa, sin humedad. Era como si alguien hubiera echado un manto sobre la ciudad.

—Menuda tormenta se prepara ahí fuera, Jon —comentó el camarero, apoyando un codo en la barra.

Jon no apartó la vista de la calle.

—No sé… Es raro. No hay humedad, pero está tan oscuro… Y eso no parecen nubes.

El camarero se encogió de hombros mientras secaba un vaso con un paño.

—Yo sigo pensando que va a caer una buena.

El móvil de Jon vibró sobre la barra con un mensaje de voz. Lo desbloqueó y puso el altavoz:

Hola, gordi. Acuérdate de comprar harina para el pastel de la cena. Te vas a chupar los dedos. Te espero en casa, que estoy llegando. Un beso.

Jon frunció el ceño. En la grabación se escuchaba nítidamente el sonido de la puerta de su casa cerrándose antes de la última frase.

—¿Pero qué dice? —murmuró para sí, molesto—. Si ayer compré dos kilos de harina… Y esta noche cocino yo.

El camarero sonrió.

—¿Qué pasa? ¿La parienta ya te ha mandado algún recao?

—Algo así —Jon suspiró, guardando el móvil en el bolsillo—. Creo que el pilates en vez de relajarla la estresa más.

Dejó unas monedas en la barra y se levantó.

—Hasta luego.

—¡Cuidado con la tormenta! —gritó el camarero tras él—. No te vayas a mojar.

Al salir, el aire era denso, cargado de una electricidad silenciosa. No llovía, pero el cielo parecía aplastarlo todo con su peso. Caminó por la calle y se cruzó con dos chicas que hablaban entre sí.

—Tía, en la vida he visto una tormenta tan rara —decía una, con la mirada fija en el horizonte ennegrecido—. Está como de noche, pero en pleno día.

—Ya te digo —respondió la otra, con un escalofrío en la voz—. Qué rayada, y no cae ni una gota.

Junto a ellas iba un perro que, al pasar cerca de Jon, ladró una vez y luego gimoteó de forma lastimera.

Jon no dijo nada. Solo apretó el paso hasta el portal de su edificio.

—Hola, don Jacinto —saludó al vecino, que salía a pasear a su perro—. A pasear a Sultán, ¿no?

El perro jadeaba con nerviosismo, moviéndose inquieto.

—Sí, pero está rarísimo hoy —contestó el anciano—. Como si oliera algo… algo que no entiende.

El perro gruñó de nuevo y luego volvió a lloriquear.

Jon subió las escaleras, escuchando distracción fragmentos de stories de Instagram en su móvil. Entró en el ascensor, subió, abrió la puerta de su casa.

—Hola, cari, soy yo. ¿Dónde estás?

Dejó las llaves en el cuenco de la entrada y se quitó la chaqueta. La casa estaba en completo silencio. Abrió la nevera, sacó un par de cosas y se puso a preparar la cena.

—¿Bea? —dijo en voz alta—. ¿Estás ahí?

No hubo respuesta.

Cortó verduras con el cuchillo sobre la tabla, pero el silencio de la casa lo incomodaba. Miró el reloj. Había pasado más de una hora desde el mensaje de Bea.

Tomó el móvil y marcó su número.

El tono sonó, pero la llamada se oyó extraña, con interferencias. Finalmente, la voz de Bea surgió al otro lado.

—¿Sí?

—¿Bea? —Jon sintió una punzada de inquietud—. ¿Dónde estás?

—Eso digo yo —respondió ella con un deje de fastidio—. ¿Por dónde andas? Se va a enfriar la cena.

Jon frunció el ceño.

—¿Cómo que dónde ando? ¿Dónde voy a estar? Estoy en casa.

El silencio al otro lado duró apenas un segundo, pero se sintió eterno.

—¿Pero qué dices? —la voz de Bea se volvió tensa—. No estoy para bromas. ¿Dónde estás?

—Joder, pues en casa, te lo he dicho —Jon sintió que algo se quebraba dentro de él—. ¿Dónde si no? La cuestión es dónde estás tú. Dijiste hace más de una hora que llegabas a casa.

—No, Jon. En casa no estás.

Bea respiró entrecortada, asustada.

—¡Yo estoy en casa!

El cuchillo resbaló de la mano de Jon y cayó al suelo con un sonido seco.

Y en ese instante, afuera, la tormenta descargó toda su furia en forma de un rayo sordo que estremeció la ciudad y la devolvió durante un instante a la claridad diurna.

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