Desmemorias

Desmemorias

No encontraba el momento de sentarme ante el teclado para contarles las tantísimas historias que tengo pendientes, antes de que la memoria —frágil, esquiva y, a veces, traicionera— empiece a serme infiel y me juegue una mala pasada. Ahora, con una buena cantidad de tiempo libre por delante y una pensión modesta pero segura, ha llegado ese momento. La mía no ha sido una vida cualquiera, como verán en las siguientes páginas. He vivido mucho y de muchas maneras; tanto, que podría decirse que por mí han pasado varias vidas en una sola.

Nací en un pequeño pueblo de Murcia. La guerra civil había pegado duro, muy duro, y la lucha por la supervivencia se vestía de picaresca, tradición y la superstición más enconada de la España rural. Uno de mis primeros recuerdos es en inglés. Un inglés mal hablado, chapurreado, cuando no directamente inventado, de aquellas gentes que durante semanas se desvivieron por engalanar el pueblo y adecentarlo al máximo. Buena parte de las esperanzas de prosperidad futura se volcaron en aquella visita: iban a traer la prosperidad, alimentos y dinero, mucho dinero, en dólares. Se prepararon fastos de todo tipo: exhibiciones de bailes regionales, una coplilla compuesta para la ocasión, un alcalde motivado arengando a su pueblo… Al final… al final no recuerdo muy bien qué pasó. Solo retuve la imagen de decepción estupefacta en las caras de mis convecinos adultos.

Como era preciso aportar algo a la precaria economía familiar, pronto empecé a ayudar modestamente gracias a Alfredo, el proyeccionista del cine Rex por aquel entonces, que me acogió como ayudante en su trabajo. Ahí empecé a amar el cine: un cine en blanco y negro, con películas mutiladas y sin besos. Fueron los mejores años de mi vida. Dinero ganaba poco, pero películas… las veía todas. No terminó del todo bien la cosa, porque el celuloide es muy inflamable y… bueno, esa parte de la historia no me apetece tanto recordarla.

\"Cine

Las cosas en la vida real no siempre son como en el cine. Mi adolescencia fue una montaña rusa. Y permítanme que les dé un consejo: no se fíen nunca de un mentor oriental con apariencia de sabio rebosante de bonhomía. En el colegio se metían conmigo y… bueno, por entonces las cosas se resolvían de otra manera. Miyagi se llamaba el tipo. “Puedes mirar o puedes luchar”, me dijo. Y yo, que lo tengo todo y soy miope, pensé que lo de mirar quizá no se me iba a dar bien y que lo de luchar sonaba mejor. Al menos el tipo parecía saber de lo que hablaba. Luchar, luchar, no sé… pero no se imaginan cómo le dejé la casa a aquel desgraciado a base de pulir cera. Cierto es que luego el que me pegaba en el cole se llevó lo suyo, pero yo creo que fue más por la mala leche que fui acumulando a base de sumar una reparación tras otra en la casa del japonés de las narices. Cuando el mamón acosador se me puso delante, me imaginé pasando los meses de verano adecentando la casa del japo, y de pura rabia le metí una patada entre ceja y ceja al matón de barrio que lo dejé en el sitio.

Y sí, aquello impresionó a la chica —siempre hay una chica—, y esa fue también mi primera vez en lides amatorias. Para ayudarme a impresionarla, pues había puesto el listón bastante alto con la escenita de la patada del aguilucho, mi padre tuvo la genial idea de sumergirse en lo más profundo del barrio chino siguiendo la recomendación de Miyagi —que ya es raro que un japonés te recomiende algún tipo de trato con un chino—. Aunque no tardé en descubrir el porqué de aquella recomendación envenenada del puñetero japonés.

Mi padre apareció en casa con un extraño bicho peludo, un peluche inocente y delicado. Me habló de tres reglas que tenía que cumplir —algo sobre la comida a deshoras y el agua, creo—, pero yo estaba pensando más en la lujuriosa noche que me esperaba y no presté mucha atención. Bueno, para no extenderme mucho más: aquello tampoco terminó demasiado bien, y la ciudad se llenó de pequeños terroristas peludos.

Para arreglar el desaguisado, mi padre me dijo que hasta ahí habíamos llegado —al menos yo— y que ya era hora de que me buscara un trabajo de verdad, siquiera algo para salir adelante aquel verano mientras el Rex permanecía cerrado en los meses más calurosos del año —por entonces el aire acondicionado era un lujo desconocido por estas latitudes—.

Mentí en la entrevista de trabajo y afirmé que tenía varios años de experiencia como vigilante de playa. Nadie se molestó en verificar el dato ni en comprobar si yo, en la playa, había vigilado algo que no fueran las suecas y alemanas que por aquel entonces paseaban sus rubias cabelleras y blancas pieles por el litoral de la Costa Cálida. Además, aquel trabajo se podía complementar a la perfección con el que tenía por las noches en un club cercano. Allí me especialicé en crear cócteles de diseño, con más parafernalia y aparatosidad que otra cosa, además de ligar con toda chica de buen ver que se me pusiera a tiro y, créanme, una gran sonrisa tras la barra y una coctelera que se agita hacen maravillas en ese aspecto. La cuestión es que por la noche hacía cócteles y por el día dormitaba sobre una silla de vigilancia, haciendo como que inspeccionaba la playa.

\"Vigilante

Pero no ha sido la mía una vida especialmente tocada por la buena suerte. ¿Qué probabilidades hay de que un gigantesco tiburón blanco aparezca en La Manga y le dé por comerse a los turistas que allí chapotean en el agua? ¿Y de que, además, eso ocurra precisamente cuando me pilla a mí haciendo el parguelas sobre una silla de vigilancia playera? Pues sí, ya ven: aquello tampoco terminó bien, precisamente.

Viendo que la vida despreocupada, festiva y lujuriosa a la que aspiraba se torcía por momentos, decidí adentrarme por senderos más oscuros, pues yo no había renunciado a mi sueño de dinero fácil. Yo, que soy daltónico, me vi entonces rodeado de un grupo de tipos trajeados pero molones que se llamaban entre ellos con nombres de colores —ironías de la vida— y planeaban el atraco armado a un banco. Como fui el último en incorporarme, los desgraciados me dejaron el nombre que no quería nadie, así que terminé siendo el Sr. Chiclamino. Sí, ese color existe, y hay que tener mala leche para usarlo como nombre en clave. Y no, tampoco aquella historia terminó bien.

Tocó salir por patas, y no sería la última vez en mi ajetreada vida. Lo malo era que unos matones se habían quedado con mi ridículo nombre en clave y, lo que es peor, con mi cara, así que había que hacer desaparecer al Sr. Chiclamino cuanto antes y tratar de que mi cara se olvidara por un tiempo. Sé que eso de que una cosa llevó a la otra está muy manido, pero no sé si se lo van a creer: en apenas 24 horas pasé de llevar un coqueto traje negro con elegante corbatín y gafas de sol oscuras a vestir con peluca rubia, falda ajustada, tocar el contrabajo en una banda femenina y responder al nombre de Daphne. Fue una historia extraña aquella, aunque terminó bien… o no tanto, según se mire, pues un excéntrico millonario se emperró en casarse conmigo.

Con los nervios destrozados, decidí parar un tiempo y sobrevivir con lo que había ahorrado a base de tocar el contrabajo aquella temporada. En paro, pero sin demasiados sobresaltos, dejaba pasar las horas entre el tedio y la desesperanza. Los lunes quedaba con unos colegas y nos colábamos en la barcaza que surcaba el Mar Menor y pasaba por la Isla del Barón, donde echábamos la tarde a plena solana. Algo llevadero, pues aún faltaba para los infernales meses de sol veraniego y turistas.

\"Isla

No pasaba un buen momento. Ya no me interesaba ni la música. Estaba para tomar un camino, que habría dicho mi madre, y no sé lo que habría llegado a hacer. Pero apareció aquella chica, la que se estrelló con la moto. Cuando fui a socorrerla estaba bastante aturdida, tanto que no sabía ni quién era ni tan siquiera cómo se llamaba. Nada, formateo profundo. Así que pensé: ¿por qué no? ¿Y si era un mensaje del destino? Reseteé y me monté una historia paralela con ella. Le conté que éramos novios desde hacía un tiempo y nos fuimos a un camping a olvidarnos de todo. Bueno, eso de olvidar era fácil para ella, claro, que venía con la amnesia puesta. Ya se pueden imaginar cómo terminó aquello cuando pasó lo inevitable y ella recuperó la memoria. En las películas de Hollywood la chica se enamora de su falso novio y finge no recordar su pasado para así suplirlo por el impostado, pero en la vida real esas historias terminan con una hostia con la mano abierta y varios insultos de los más agrios imaginables.

Mis siguientes historias de amor tampoco fueron demasiado bien encaminadas. Me enamoré hasta las trancas de una chica gallega. Una gallega muy gallega, al menos su padre, un tipo con una mala leche tremenda y con ínfulas independentistas. El hombre no solo estaba convencido de la bondad de una Galicia independiente, sino que sostenía —con la vena del cuello hinchada— que Portugal debía ser provincia: la Galicia del Sur, decía. Y ahí me tienen a mí tratando de agradar a mi proyecto de suegro hablando portuñol, pues la chica no paraba de preguntarme qué leches era eso que intentaba hablar, porque ni el habla ni el acento eran gallego ni español.

Parecía que aquella historia terminaría mejor. Al fin y al cabo, ella era una chica bien, de buena familia, pese a los delirios independentistas paternos, y se concertó boda. ¿Y para qué están los amigotes, sino para reventarle a uno la boda? Que si cómo te vas a casar sin una buena despedida de soltero, que si deja, deja, que nosotros nos encargamos… El caso es que la cosa se fue un poco de control: el anillo de compromiso terminó en lo más profundo del ano de una prostituta, y yo, recorriendo con aquellos impresentables todos los prostíbulos de la zona, con una bolsa de farlopa sazonando hasta el último rincón del habitáculo del coche, pasajeros incluidos.

Tenía que poner fin a aquello. Necesitaba una vida tranquila, rutinaria incluso, con la que templar mis desquiciados nervios y sentir un halo de normalidad durante cada día. Un trabajo de oficinista. Un empleo gris para una vida gris: ese era mi siguiente objetivo. Así que entré a trabajar en una compañía de seguros. El sueldo era una miseria, como el trabajo, pero al menos era predecible. Supuse que no sería mala idea buscar un ascenso que me brindara algo más de ingresos, y se me ocurrió una ingeniosa fórmula para granjearme los favores de mis jefes: yo les prestaba la llave de mi pisito para que lo usaran de picadero, y ellos me quedaban debiendo un favor. Malo habría de ser que pronto no cayera un ascenso. Pero la cosa se complicó cuando aquellos desgraciados que tenía por jefes se habituaron a ir con asiduidad a mi piso y se contaron el chollo unos a otros. Al final, pasaba más tiempo deambulando por ahí que en mi propia casa. Hasta me aficioné a ir a la biblioteca pública del barrio. Qué remedio, si en casa no podía estar. Para mayores males, me enamoré de una chica del trabajo y, para colmo de mis pesares, resultó que ella… En fin, no les aburro más con esta triste historia.

Tuve que cortar de raíz con aquello y volver a reinventarme. Como ya me había familiarizado con la mentira y la inventiva, y estaba curtido en contar historias para salvar mi pellejo, trabajé un tiempo de periodista. Además de un buen montón de mentiras, aquella temporada tuve tiempo de escribir una historia apasionante que pude vivir en primera persona. Nos llevaron a unos cuantos periodistas a cubrir una de las últimas ejecuciones de este país, pero como la cosa tenía mucho de propaganda, el alcalde y el alcaide de la prisión montaron un numerito de lo más lamentable, que terminó con el preso fugado y mi periódico y yo como cómplices involuntarios de la fuga. Aquello dio para unas cuantas risas.

También hubo momentos honorables; no se piensen que el periodismo es solo mentir, manipular y maquillar. Gracias a la ayuda de un alto cargo de una agencia secreta del gobierno, un compañero y yo tuvimos acceso a información privilegiada sobre unos asuntos turbios de espionaje electoral, por parte del equipo del entonces presidente del gobierno, nada menos. Al final, el muy miserable —y zoquete, porque aquella operación de espionaje fue bastante torpe— tuvo que dimitir, y nosotros nos colgamos la medalla de adalides del periodismo de investigación. No todo iba a ser miseria moral en mi atormentada vida.

Henchido de orgullo por el deber cumplido, y aunque ya un poco a vuelta de todo, decidí dedicarme a la investigación criminal, esta vez del lado de los buenos, o de los no tan malos, porque en esto de lo noir nunca está claro que exista un bien puro. Monté una agencia de detectives privados. Bueno, no sé por qué lo digo en plural, porque yo trabajaba solo, más allá de la ayuda de una secretaria que cogía el teléfono y entretenía a los clientes cuando yo estaba en el bar olvidando las penas.

En uno de los casos que viví como detective, una bella dama me llevó tras la pista de la supuesta huida de su hermana, cuando en realidad lo que ella y unos cuantos más buscaban era una antigua estatuilla de un águila siciliana, cuyo valor, por lo visto, radicaba más en los sueños de aquella gente que en el material del que estaba hecha.

Sin embargo, aquellos casos fueron un juego de niños comparados con el último que tuve entre manos antes de abandonar aquella profesión, que resultó más duro de lo que yo era capaz de imaginar. Para su proyecto final de posgrado, Ángela estaba investigando sobre cine. Cine violento, me dijo. Bueno, eso entendí yo. Arte, al fin y al cabo. Pero resultó que, cuando se refería a \»violento\», no hablaba de actores, guiones e interpretaciones extremas. No. Hablaba de crímenes reales, con saña, grabados en vídeo para satisfacción de una oscura y depravada vocación; de un submundo que no había imaginado que pudiera existir. Demasiado, incluso para mí.

Para esas alturas de mi vida, la robótica y la inteligencia artificial ya campaban a sus anchas, así que acepté firmar con una subcontrata especial de la policía. Una unidad secreta. Los robots humanoides empezaron como una extravagancia de los chinos, siempre queriendo sacar pecho con sus inventitos tecnológicos, pero la cosa ya se había ido de madre, y algunos de estos engendros habían empezado a tomar decisiones por su cuenta. Se trataba de sacarlos del mercado. Contado así, parecería que había que cambiar lavadoras defectuosas por otras funcionales. Pero la cosa no era tan fácil. Los robotitos de las narices ya eran capaces de hablarte y contarte historias como si las hubieran vivido de verdad. Sobre el papel, el test Voight-Kampff era una buena herramienta para detectar a estos outsiders de lo humano, aunque, conociendo a muchos de los supuestamente genuinos humanos, no tengo claro que estos merecieran más el calificativo que aquellos. Ese asunto me dejó tocado, empapado como lágrimas que ven llover, y decidí que aquello tampoco era para mí.

Decidí probar en el mundo del deporte casi por casualidad, por culpa de mi amigo Roque. El muy gorrón se había acoplado en mi casa y yo ya no sabía cómo quitármelo de encima. Recordé que el tipo decía haber sido muy bueno boxeando en su momento, y el boxeo se había vuelto a poner de moda. Medio en broma, medio en serio, terminé convertido en su entrenador y mánager. ¿Por qué no habría de ser Roque el próximo campeón del cuadrilátero?

Vale, era un disparate. Probé entonces con el baloncesto, pero para entonces ya tenía mal carácter —la vida me había tratado mal, y hacía mucho que ya no era el niño tierno e ingenuo que montaba bobinas en el Rex—, y eso me había jugado malas pasadas. Lo extraño es que, sin buscarlo, y arrastrado por una rocambolesca concatenación de carambolas, terminé entrenando a un grupo de personas con discapacidad intelectual que, además, jamás habían jugado a baloncesto ni a nada que implicara sostener una bola entre las manos. Pensé que era una broma cuando me vi ante mí a aquella tropa, pero no. Se suponía que debía entrenarlos y, si hacía falta, enseñarles a jugar a baloncesto. En realidad, fueron ellos los que me enseñaron a mí. Me enseñaron a tomarme la vida de otra manera. Al fin hacía algo con sentido. Había encontrado algo con verdadero valor. ¿Y si me dedicaba a eso?

Pues no. Esa idea era demasiado bonita, y los tipos que me buscaban desde que fui el Sr. Chiclamino me vieron en la televisión cuando nos hicieron un reportaje tras quedar campeones de varios torneos de baloncesto para personas con discapacidad intelectual. La historia se repetía, y yo volvía a tener que desaparecer.

Me fui lejos, a la España profunda. Vagué durante un tiempo, de pueblo en pueblo, y terminé en un extraño lugar de la Sierra de Albacete. El día que aparecí allí parecía no haber nadie, pero no: estaban todos en misa. Con eso ya les digo un poco cómo era la cosa. Eso sí, aquí son muy demócratas: hasta el papel de puta se asigna por votación, y todos son contingentes salvo el alcalde. No es muy normal el sitio, es cierto. En la huerta cercana crecen señores; otro tipo anda obsesionado con sacarse la chorra. Yo… pues aquí sigo, y aquí espero quedarme el resto de los días que me toque vivir. Las gentes tienen costumbres tan extrañas y absurdas que, en realidad, todos son compatibles entre sí. Este es un lugar ideal para escribir. Bueno, siempre y cuando no se plagie a Faulkner, claro.

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